miércoles, 31 de enero de 2018

La ventana del Círculo


“Las tareas de Mae consistían en enseñar las bestias a los espectadores, dar explicaciones cuando era necesario y ser, a través de la lente que llevaba colgada del cuello, una ventana a aquel nuevo mundo y al mundo del Círculo en general. Todas las mañanas Mae se ponía un collar […] con la cámara a la altura del corazón. Allí era donde ofrecía una perspectiva más estable y más amplia. La cámara veía todo lo que veía Mae, y a menudo más. La señal en bruto de vídeo tenía tanta calidad que los espectadores podían hacer zooms, panorámicas, detener la imagen y mejorarla. El audio estaba meticulosamente diseñado para resaltar sus conversaciones del momento, y para grabar también los ruidos de ambiente o las voces de fondo pero en segundo plano. En esencia, eso significaba que los espectadores podían examinar cualquier sala donde ella estuviera; podían concentrarse en cualquier detalle y, con un poco de esfuerzo, aislar cualquier otra conversación para escucharla. […]

El canal principal de audio, que emitía para Mae desde Orientación Adicional, le llegaba por un auricular minúsculo, que era el que permitía al equipo de OA darle instrucciones de vez en cuando: sugerirle que se pasara por la Era de las Máquinas, por ejemplo, para enseñar a sus espectadores un nuevo vehículo no tripulado y propulsado con energía solar que podía recorrer distancias sin límite, cruzando mares y continentes enteros, siempre y cuando tuviera una exposición adecuada al sol; Mae ya había hecho aquella visita hacía unas horas. Aquello le ocupaba una buena parte de la jornada: el recorrer diversos departamentos y presentar nuevos productos, ya fueran fabricados o patrocinados por el Círculo. Le aseguraba que cada día fuera distinto, y en las seis semanas que llevaba siendo transparente había llevado a Mae prácticamente hasta el último rincón del campus, desde la Era de la Navegación hasta el Viejo Reino, donde estaban, más por divertirse que por otra cosa, trabajando en un proyecto para ponerle una cámara a todos los osos polares del mundo. […]

No se engañaba a sí misma pensando que hasta el último minuto del día les resultaba igual de chispeante a sus espectadores. En las semanas que Mae llevaba siendo transparente había habido tiempo de inactividad, y bastante, pero es que su tarea principal era ofrecer una ventana abierta a la vida del Círculo, tanto a lo sublime como a lo banal. «Estamos en el gimnasio decía por ejemplo, enseñando por primera vez a los espectadores el centro de fitness. Hay gente corriendo y sudando y buscando maneras de mirar el cuerpo a los demás sin que se note». Una hora más tarde podía estar almorzando, de manera formal y sin comentario alguno, delante de los demás circulistas, todos los cuales se comportaban como si no hubiera nadie mirando, o al menos lo intentaban. La mayoría de sus compañeros del Círculo estaban encantados de aparecer ante la cámara, y al cabo de unos días todos los circulistas ya eran conscientes de que formaba parte de su trabajo en el Círculo, y que era una parte elemental del Círculo, punto. Si querían ser una compañía que abogaba por la transparencia, y por las ventajas globales e infinitas del acceso abierto, necesitaban vivir aquel ideal, siempre y en todas partes, y sobre todo en el campus. […]

A Mae también le encantaba sentir a diario que a través de ella fluía el afecto de millones de personas.

Había tardado un poco en acostumbrarse, sin embargo, empezando por el funcionamiento básico del equipo. La cámara era ligera, y al cabo de unos días Mae ya apenas notaba su peso, que no era mayor que el de un relicario, sobre el esternón. Habían intentado varios métodos para sujetársela al pecho, hasta con velcro pegado a la ropa, pero nada resultaba igual de eficaz y sencillo que el simple hecho de colgársela al cuello. Lo segundo a lo que tuvo que acostumbrarse, que le resultaba siempre fascinante y en ocasiones desagradable, fue a ver a través de una pantalla que tenía en la muñeca derecha lo mismo que veía su cámara. Ya prácticamente se había olvidado del monitor de salud que tenía en la muñeca izquierda, pero la cámara había hecho necesario ponerle una segunda pulsera en la derecha. Era del mismo tamaño y material que la de la izquierda, pero tenía la pantalla más grande para poder emitir vídeo y la suma de todos los datos de sus pantallas normales. Con una pulsera en cada muñeca, ambas cómodas y con acabados de metal pulido, se sentía como si fuera Wonder Woman y hasta conocía algo de su poder, aunque la idea era demasiado ridícula para contársela a nadie”.


Fragmento  

jueves, 25 de enero de 2018

Si la infancia se hubiese roto


Elegía

En el punto de partida. Como dragón caído
en algún pantano entre neblina y vaho, está
nuestra tierra costera vestida de bosque de pino. Allá lejos:
dos vapores que gritan desde un sueño.

En la bruma. Este es el mundo inferior.
Bosque inmóvil, superficie de agua inmóvil,
y la mano de orquídeas que surge del pantano.
Al otro lado, más allá de esta senda,

pero flotando en el mismo espejo: el navío,
que la nube ingrávida cuelga de su espacio.
Y el agua en torno a su cayado está inmóvil,
echada en calma. ¡Y aun así, truena!

Y el humo del navío se expande horizontal
allí flamea el sol en su agarrón y el soplo
golpea duro el rostro del que aborda.
Ascender hacia babor de la Muerte.

Una ráfaga súbita y la cortina ondea.
Suena el silencio cual despertador.
Una ráfaga súbita y la cortina ondea.
Hasta que se oye, lejana, golpear una puerta

lejos, en otro año.

                            De 17 poemas (1954). (Fragmento)

                                   …

Del invierno de 1947

En los días de colegio, la sorda, hormigueante fortaleza.
En el atardecer caminaba a casa bajo los carteles.
Entonces venía el susurro sin labios: «¡Despierta, aparecido!»
Y todos los objetos apuntaban a la habitación.

Quinto piso, la habitación hacia el patio. Ardía la lámpara
en un círculo de terror, todas las noches.
Yo estaba sentado en la cama sin párpados y veía
proyecciones proyecciones con los pensamientos de los locos.

Como si hubiese sido imprescindible…
Como si la última infancia se hubiese roto
para poder atravesar la reja.
Como si hubiese sido imprescindible…

Yo leía en libros de vidrio pero veía tan solo las otras
manchas que brotaban del empapelado.
¡Eran los muertos vivos
que pedían que pintasen sus retratos!

Hasta que en el amanecer venían los basureros
y hacían bulla con los cubos de basura ahí abajo,
apacibles campanas grises del traspatio
que me arrullaban hasta hacerme dormir con su sonido.


                             De La barrera de la verdad (1978)

sábado, 30 de diciembre de 2017

Navegar bajo dos banderas


“Al descender el canal una noche, Israel recorrió la abarrotada cubierta principal del setenta y cuatro, continuamente rozado por un millar de apresurados caminantes, como si estuviese en alguna de las calles importantes de Londres, atestada de artesanos regresando de su trabajo diario, y sus emociones fueron nuevas y dolorosas. Se encontró arrojado en la naval muchedumbre sin un solo amigo; más aún, entre enemigos, puesto que los enemigos de su país eran sus enemigos, y contra los parientes y amigos de estos mismos que le rodeaban, él mismo había alzado en una ocasión la mano fatal. El marcial ajetreo de un gran buque de guerra en su primer día lejos del puerto, resultaba indescriptiblemente discordante con su actual humor. Aquellos sonidos de la multitud humana perturbando las solemnes soledades naturales del mar, le afligían misteriosamente. Murmuró contra aquella adversidad que, tras haberle condenado a largas penas en tierra, ahora le perseguía con penurias adicionales en el piélago. […]

Avanzando entre Scilly y Cape Clear, el Sin Escrúpulos, nave que, de alguna manera, aventajaba a sus consortes, se topó, poco antes del anochecer, con un cúter de largo calado bastante próximo y con signos evidentes de encontrarse en dificultades. En ese momento no había ningún otro barco a la vista.

Maldiciendo la necesidad de detenerse en una coyuntura como aquella, con un fuerte viento regular, el oficial de cubierta apocó velas y se puso al pairo, llamando al cúter para saber cuál era el problema. Al tiempo que gritaba a la pequeña embarcación desde la elevada popa del erizado setenta y cuatro, este teniente daba la impresión de encontrarse en la cima de Gibraltar, dirigiéndose a algún campesino de las tierras bajas en su cabaña. La respuesta fue que en un inesperado fallo del viento, que estuvo cerca de hacerles zozobrar, apenas hacía una hora, el cúter había perdido a sus cuatro hombres más destacados a causa de la violenta resistencia de una botavara. Necesitaba ayuda para regresar a puerto.

Podéis contar con un hombre dijo el oficial de cubierta, malhumorado.
Entonces dejad que sea uno bueno, por amor de Dios dijo la voz desde el cúter. Necesitaría, al menos, dos.

Durante esta conversación, la curiosidad de Israel le había empujado a lanzarse escaleras arriba desde la cubierta principal, y detenerse en la pasarela superior, mirando la extraña embarcación. Mientras tanto había sido dada la orden de botar un bote. Pensando que aquella era una oportunidad favorable, se situó de tal manera que pudiese ser el primero en precipitarse en él; aunque multitud de marineros ingleses, ansiosos como él mismo ante la oportunidad de escapar del servicio extranjero, se colgaban de las cadenas del aún imperfectamente disciplinado buque de guerra. Cuando los dos últimos hombres que habían sido descendidos en el bote lo engancharon, cuando estuvo a flote, desde la pasarela, Israel se dejó caer como un cometa entre las lonas de popa, avanzó torpemente y se aferró a un remo. En un instante, todos los remeros estaban en sus puestos y con unas cuantas remadas el bote atracaba al costado del cúter.

Escoja al que quiera dijo el oficial al mando, dirigiéndose al oficial del cúter y haciendo un ademán con la mano hacia la tripulación del bote, como si fuese un lote de reses muertas de las que se ofrecía la primera opción a algún cliente. Dese prisa y elija. Siéntense, señores a los marineros. Oh, veo que tienen prisa por abandonar el servicio de su Majestad, ¿no es así? ¡Valientes tipos, ciertamente! ¿Ha elegido a su hombre?

Todo esto tenía lugar mientras los diez rostros de los ansiosos remeros miraban con mucho anhelo y actitud de súplica al oficial del cúter; cada rostro vuelto en un mismo ángulo, como activados por la misma máquina. Y así era. Por un mismo motivo.

Escojo al tipo pecoso del pelo rubio, ése señalando a Israel.

Nueve de los rostros vueltos cayeron en una honda desesperación y antes de que Israel pudiera ponerse en pie sintió un violento empujón en el trasero propinado por la punta del pie de uno de los desilusionados que quedaban a sus espaldas.

¡Salta, zopenco! exclamó el oficial del bote.

Pero Israel ya estaba a bordo. Al instante siguiente el bote y el cúter se separaron. En poco tiempo, la noche cayó, y el buque de guerra y sus consortes desaparecieron de la vista.

La cargada embarcación retomó su curso hacia el puerto más cercano, maniobrada por sólo cuatro hombres: el capitán, Israel y dos oficiales. El grumete permaneció al timón. Como único hombre a cargo del trinquete, Israel tuvo que trabajar duramente. Donde sólo hay un hombre para tres amos, ¡pobre de ese esclavo solitario!”.

Fragmento

martes, 26 de diciembre de 2017

El sentido del bien

         
“El hombre no puede producir su felicidad. No hay una mecánica de la felicidad o de la existencia. Una actividad que de ordinario me procura felicidad ‒la lectura de tal autor, escuchar cierta música‒ puede, en cualquier momento, enojarme prodigiosamente. Me voy a Londres porque ahí he pasado momentos felices, pero no se producirán espontáneamente por el solo hecho de que yo retorne, sino muy al contrario. Raymond Aron tuvo razón al escribir que los momentos perfectos no se viven simplemente por el hecho de haberlos solicitado. En eso consiste, precisamente, toda la tragedia, toda la tristeza del turismo moderno: usted conseguirá la felicidad en tal playa exótica o al contemplar aquel paisaje que le dejará sin aliento (como si la felicidad se redujese a la fuerza de la impresión más que a la placidez del sentimiento). Ciertamente, la felicidad no está «allí» y no puede construirse de semejante modo. Se produce a sí misma y, si nos lleva consigo, no podemos apuntar a ella.

     Lo que puede, lo que es y se debe poner en puntería es la felicidad de los otros. Quizás esta tampoco puede ser «producida», pero habrá siempre un deber de solicitud ‒la mayoría de las veces por interés, no hay por qué sonrojarse de ello‒ que nos conduce a obrar su felicidad con la esperanza de aligerar su existencia y ayudarla a cargar su fardo, su sufrimiento, que siempre es peor que el nuestro. Recordar esto no es invocar un comportamiento angelical. La pregunta más corriente en el lenguaje ‒ ¿cómo le va?, ¿cómo les van las cosas?‒ se dirige siempre al otro. Y cuando esa pregunta se dirige a nosotros, respondemos siempre pensando en el otro y con el objetivo de darle seguridad. Incluso cuando las cosas no van bien, respondemos «todo va bien» o «todo marcha». Es como cuando deseamos «salud» después de un estornudo. Hace tiempo se profería ese deseo de salud pues se pensaba que podía tratarse de un primer sobresalto de tuberculosis. Lo que ha quedado de esa costumbre es el automatismo que busca reconfortar al otro: todo irá bien, yo cuidaré de ello.

        La felicidad es siempre la de los otros, puesto que estamos efectivamente al servicio de hacerlos menos infelices. Kant dijo con razón que si no podemos apuntar a nuestra propia felicidad, podemos a lo sumo hacernos «dignos de ser felices» si buscamos justamente la felicidad del otro. Esta «ética» del sentido de la vida es una ética de la felicidad al mismo tiempo que una ética del deber, una ética de  la obligación y de la responsabilidad (que los filósofos cometen el craso error de separar). Esta moral no tiene que ser inventada; está presupuesta en todas partes como la condición del diálogo interior que nosotros somos. Si yo no soy sólo el lugar donde se plantea la pregunta por el sentido de la existencia, sino que también tengo que responderla aquí y ahora ‒después será muy tarde‒, es que la vida tiende a alguna sobre-vida, a algún bien. No se puede en absoluto buscar esa felicidad para uno mismo directamente o, en todo caso, eficazmente. Pero lo podemos hacer para otro, en la esperanza del otro”.

Capítulo 8 (fragmento)


miércoles, 8 de noviembre de 2017

Un antes y un después para leer y escribir

A Egor Petróvich Kovalevski / Yásnaia Poliana, a 12 de marzo de 1860

"Quizá recuerde, querido Egor Petróvich, que hace más de dos años que vivo en la aldea y me dedico a mi hacienda. Este año (desde el otoño), además de la hacienda, me dedico también a una escuela para niños, niñas y grandes, que he creado para todo el que quiera. Ahora tengo casi cincuenta alumnos y cada día aumentan. Los progresos de los alumnos y el progreso de la escuela, en opinión de la gente, son inesperados. Pero es imposible contarle todo, el cómo y el por qué; tendría que escribir un libro o usted tendría que venir a verlo con sus propios ojos. Lo que pasa es lo siguiente. Ser sabio en las cuestiones prácticas no consiste, creo, en saber qué hay que hacer sino en saber qué hay que hacer primero y qué después. En lo que se refiere al progreso de Rusia, por más útiles que sean las carreteras, los telégrafos, los barcos, las carabinas, la literatura […], los teatros, las academias de artes y demás, creo que, por más útiles que sean, serán cuestiones prematuras y superfluas mientras el calendario muestre que en Rusia sólo el uno por ciento de los habitantes, incluyendo a los que al parecer estudian, recibe educación. Todo esto es útil (las academias, etcétera), pero es útil como podría serlo una comida en el Club Inglés que acabarán comiéndose entre el administrador y el cocinero. Todo esto es producido por 70 millones de rusos y consumido por unos cuantos miles. Por ridículos que sean los eslavófilos con su nacionalismo y su separatismo et tout le tremblement, lo que no saben es llamar las cosas por su nombre pero, sin proponérselo, tienen razón. No sólo a nosotros rusos, sino a todo extranjero que haya recorrido veinte verstas en tierra rusa deberá saltarle a la vista la desproporción numérica entre las personas instruidas y las no instruidas o, más exactamente, entre los bárbaros y los que saben leer y escribir. Y ni hablar si se comparan los informes sobre los distintos estados europeos. […] Pero veo que me he dejado llevar por mis hábitos pedagógicos, y hasta a mí mismo me resulta ridículo estar demostrándole con toda seriedad a usted que 2 x 2 = 4, es decir que la más vital de las necesidades del pueblo ruso es la educación pública. Esa educación no existe. No ha comenzado todavía y no comenzará nunca si el gobierno no se encarga de ello. Que no existe, no se puede demostrar, pero si usted estuviera aquí, ahora mismo daríamos una vuelta por la aldea y lo veríamos y lo oiríamos. Para demostrar que no ha empezado todavía, ahora mismo podríamos ir a la escuela y yo le señalaría a los que saben leer y escribir, que han aprendido con los popes y los diáconos. Son los únicos alumnos que no tienen remedio. No hay que reírse de las controversias sobre si es útil aprender a leer y a escribir o no. Es una cuestión muy seria y muy dolorosa y yo, directamente, me pongo del lado negativo. El alfabetismo, el aprendizaje de la lectura y la escritura es nocivo. Lo primero que se da a leer es el símbolo eslavo de la fe, los salmos, los mandamientos (eslavos); lo segundo, un libro de adivinación, etcétera. Sin haberlo visto uno mismo en la práctica, es difícil que se pueda imaginar la terrible devastación que esto causa a las facultades intelectuales, y la destrucción que sufre el carácter moral de los alumnos. Tendría usted que visitar las escuelas rurales y los seminarios (he investigado el tema), esos seminarios que proveen de maestros a las escuelas públicas, para entender por qué los alumnos de estas escuelas terminan sus estudios siendo más tontos y más inmorales que los no alumnos. Para que la instrucción pública vaya bien, tendría que ser puesta en manos de la sociedad. […] Aun si el gobierno abandonara todos sus asuntos, si cerrara todos los departamentos y comisiones (y haría muy bien) y se ocupara únicamente de la instrucción del pueblo, dudo que tuviera éxito, porque el mecanismo gubernamental –que el gobierno ha asimilado– se lo impediría y, sobre todo, porque le parecerá que sus intereses están muy lejos (en realidad sólo tienen un interés) de la instrucción popular. La sociedad, por el contrario, debería tener éxito porque sus intereses están directamente relacionados con el nivel de educación de la gente; porque las sociedades privadas de cualquier medio coercitivo de acción, no se adaptarán sino a las necesidades de la gente, que se manifestarán en el éxito filantrópico o financiero de la empresa, y constantemente podrán medir sus acciones en el grado de satisfacción de las necesidades de la gente. Pero otra vez, creo, le estoy demostrando el dos por dos. La cuestión radica, quizá, sólo en saber si es real la necesidad de instruir e instruirse. Para mí es un problema resuelto. Seis meses de existencia de mi escuela han dado lugar a la creación de otras tres escuelas parecidas en los alrededores y todas han tenido el mismo éxito. […]

        Por el momento yo soy el único miembro de esta Sociedad. Pero le digo honestamente que, sea o no posible una Sociedad así, pondré todo lo que esté de mi parte, haré todos los esfuerzos imaginables para que se realice esta propuesta. Ni qué decir tengo que seguramente mis ideas son parciales y que la Sociedad, cuando se ocupe del asunto, agregará y cambiará muchas cosas. ¡Si esto pudiera dirigir las energías de mucha gente hacia un solo fin! No me niegue su ayuda, querido amigo Egor Petróvich. Yo no estoy en buenos términos con el gobierno. No puedo, de ninguna manera, ser yo quien lo proponga. […] En Tula hay un director de colegio, Gayarin se apellida […], es una persona excelente y hoy le comenté mis intenciones. Espero que no se niegue a presentarlo como si fuera suyo”.  

Fragmento

lunes, 25 de septiembre de 2017

Pensamientos del corazón


Absurdo
Estoy por envidiar a un hombre que participa en las procesiones apasionadamente; y soy como San Agustín: cuanto más absurda es la situación, más envidia le tengo. De entre los enamorados, ¿no es acaso a quien adora a una mujer muy fea a quien hay que desear parecerse más?

Ansiedades
Todo hombre que no haya probado las locuras del amor no tiene más conocimiento de las ansiedades mortales que destrozan un corazón apasionado que conocimiento tenemos de la luna antes de haberla visto con el telescopio de Herschel.

Batalla
Aplico a la vida entera, con frecuencia y con poca sensatez, a lo que me parece, los sentimientos que un ambicioso o un buen ciudadano nota durante una batalla, cuando lo han destinado a custodiar el parque de reserva, o cualquier otro puesto sin peligro y sin acción. Habría lamentado, a los cuarenta años, que se me hubiera pasado la edad de amar sin una pasión profunda.

Bellas artes
Hay que haber sentido el fuego devorador de las pasiones para destacar con excelencia en las bellas artes.

Cabeza
Tiene mi corazón mucha más experiencia que mi cabeza. He amado mucho y enjuiciado poco.

Cama de caoba
Hay mujeres insignificantes que proporcionan, de noche, un placer delicioso en una estupenda cama de caoba.

Curiosidad
Hay mucha curiosidad en el amor. Como a mí el dibujo me ha acostumbrado a buscar el desnudo bajo la ropa y a imaginármelo con precisión, estoy, pues, menos predispuesto al amor que otros.

Dicha
La dicha es el acontecimiento que aporta el mayor goce posible a la pasión o a las pasiones que embargan al individuo. En el amor, es el momento en que tenemos la seguridad de que nuestra amante nos ama sin tener la seguridad de que gozaremos de ella.

Divino
Lo divino del amor es que, incluso en pleno disfrute, se sigue esperando algo más.

Frío
Soy vehemente, apasionado, loco, excesivamente sincero en la amistad y en el amor hasta el primer frío. Entonces, de la locura de los dieciséis años paso, en un abrir y cerrar de ojos, al maquiavelismo de los cincuenta y, al cabo de ocho días, no queda ya más que hielo a medio derretir, frío perfecto.

Indiferencia
El amor francés tiene por principio apegarse a quien se muestra indiferente, ir detrás de quien se aleja.

Ley
En los sentimientos no hay más que una ley. Y es hacer dichoso a quien se ama.

Mujer insensible
Una mujer insensible es aquella que aún no ha visto al hombre a quien ama.

Música
Acabo de sentir esta noche que la música, cuando es perfecta, pone el corazón en situación idéntica a aquélla en la que se haya cuando disfruta de la presencia de la persona a quien ama; es decir, que proporciona la dicha más vehemente, por lo visto, que existe en esta tierra.

Ojos
Las personas tímidas que han sabido del amor están al tanto de que es posible mantener toda una conversación sin más ayuda que los ojos. Hay incluso matices de los sentimientos, y no del pensamiento, que solo los ojos pueden expresar: quizá esto solo es cierto en Italia.

Pensamientos

Los pensamientos grandes proceden del corazón.


Selección

sábado, 26 de agosto de 2017

La calle de los Espejos


“Debía de ser medianoche pasada. Se sumergió en un sueño salvaje y de uno pasaba a otro; todas las humillaciones que había experimentado en su vida; lo penoso y atemorizante se habían dado cita, tenía que pasar otra vez por todas las situaciones equívocas y torcidas de su infancia y adolescencia. Mientras tanto Romana huía delante de él, vestida con ropas extrañas, medio de campesina, medio de ciudad, iba descalza debajo de una falda de brocado negra con pliegues; estaban en Viena, en la bulliciosa calle de los Espejos, muy cerca de las casa de sus padres. Angustiado la seguía y al mismo tiempo tenía que ocultar, temeroso, esta persecución. Ella se abría paso en medio de la gente, volviendo hacía él su rostro leñoso y contraído. Con las prisas los vestidos se le habían roto y caído en desorden. De repente desapareció en un pasaje, él detrás, tanto como le permitía su pie izquierdo, que era infinitamente pesado y que una y otra vez se quedaba atrapado en las ranuras de los adoquines. Ahora por fin también él estaba en el pasaje, pero tenía que caminar con lentitud sin que le fuesen ahorrados unos encuentros terribles. Una mirada que más que ninguna otra había temido de niño lo atravesó, la mirada de su primer catequista con su temida mano pequeña y obesa que lo tocaba, el rostro repulsivo de un niño que, en las tardes sentados en la escalera de servicio, le contaba cosas que él no quería escuchar, se pegaba a su mejilla y al empujarlo con esfuerzo hacia un lado, delante de la puerta por la que tenía que seguir a Romana se encontró con un ser que avanzaba hacia él: era el gato al que en una ocasión había partido el espinazo con un pértigo de carro y que en todo este tiempo no había podido morir: ¡así que no había muerto después de tantos años! Ve el pasillo de los años delante de él, su padre con un rostro que de gris va pasando a blanco y la cara de la madre más flácida y cada vez más pálida… Arrastrándose con el espinazo partido como una serpiente, el gato se le acerca y él teme más que nada su expresión al mirarle. No hay nada que hacer, tiene que pasar por encima de él, con indescriptible suplicio levanta el pesado pie izquierdo por encima del animal cuya espalda sin cesar sube y baja serpenteante, cuando desde abajo le alcanza la mirada de la cabeza girada del gato, la redondez de la cabeza del gato, un rostro a la vez gatuno y perruno, lleno de voluptuosidad y penas agónicas en espantosa mezcla; quiere gritar, cuando a la vez se oye un grito dentro de la habitación: tiene que buscar su camino a través del armario repleto de ropa de los padres, los gritos son cada vez más atroces, como los de un ser vivo al que un asesino está despachando. Es Romana y no la puede ayudar, son demasiados vestidos raídos […]”.

Fragmento   

Prófugos

“Pasaron dos o tres días con sus noches; creo que podría decir que nadaron, de lo tranquilos, suaves y estupendos que se deslizaron. Voy a contar cómo pasábamos el rato. Por ahí el río era monstruosamente grande: había sitios en que medía milla y media de ancho; navegábamos de noche, y descansábamos y nos escondíamos de día; en cuanto estaba a punto de acabar la noche dejábamos de navegar y amarrábamos, casi siempre en el agua muerta bajo un atracadero, y después cortábamos alamillos y sauces y escondíamos la balsa debajo. Luego echábamos los sedales. Más adelante nos metíamos en el río a nadar un rato, para lavarnos y refrescarnos; después nos sentábamos en la arena del fondo, donde el agua llegaba hasta las rodillas, y esperábamos a que llegara la luz del día. No se oía ni un ruido por ninguna parte, todo estaba en el más absoluto silencio, como si el mundo entero se hubiera dormido, salvo quizá a veces el canto de las ranas. Lo primero que se veía, si se miraba por encima del agua, era una especie de línea borrosa que eran los bosques del otro lado; no se distinguía nada más; después un punto pálido en el cielo y más palidez que iba apareciendo, y luego el río, como blando y lejano, que ya no era negro sino gris; se veían manchitas negras que bajaban a la deriva allá a lo lejos: chalanas y otras barcas, y rayas blancas y negras que eran balsas; a veces se oía el chirrido de un remo, o voces mezcladas en medio del silencio que hacía que se oyeran los ruidos desde muy lejos; y al cabo de un rato se veía una raya en el agua, y por el color se sabía que allí había una corriente bajo la superficie que la rompía y que era lo que hacía aparecer aquella raya; y entonces se ve la niebla que va flotando al levantarse del agua y el Oriente se pone rojo, y el río, y se ve una cabaña de troncos al borde del bosque, allá en la ribera del otro lado del río, que probablemente es un aserradero, y al lado, los montones de madera con separaciones hechas por unos vagos, de forma que puede pasar un perro por el medio; después aparece una bonita brisa que le abanica a uno del otro lado, fresca y suave, que huele muy bien porque llega del bosque y de las flores; pero a veces no es así porque alguien ha dejado peces muertos tirados, lucios y todo eso, y huelen mucho, y después llega el pleno día y todo sonríe al sol, y los pájaros se echan a cantar.

        A esa hora no importaba hacer un poco de humo porque no se veía, así que sacábamos los peces de los sedales y nos preparábamos un desayuno caliente. Y después contemplábamos la soledad del río y hacíamos el vago, y poco a poco nos íbamos quedando dormidos. Nos despertábamos, y cuando mirábamos para averiguar por qué, a veces veíamos un barco de vapor que venía jadeando río arriba, a tanta distancia al otro lado que lo único que se podía ver de él era si llevaba la rueda a popa o a los costados; después, durante una hora no había nada que oír ni que ver: sólo la soledad. Luego se veía una balsa que se deslizaba a lo lejos, y a veces uno de los tipos de a bordo cortando leña, porque es lo que hacen casi siempre en las balsas y se ve cómo el hacha brilla y baja, pero no se oye nada; se ve que el hacha vuelve a subir y cuando ya ha llegado por encima de  la cabeza del hombre entonces se oye el hachazo, que ha tardado todo ese rato en cruzar el agua. Y así pasábamos el día, haciendo el vago, escuchando el silencio. Una vez bajó una  niebla densa y las balsas y todo lo que pasaba hacían ruido con sartenes para que los buques de vapor no las pasaran por alto. Una chalana o una barca pasaban tan cerca que oíamos lo que decía la gente de a bordo, sus maldiciones y sus risas, los oíamos perfectamente, pero no veíamos ni señal de ellos; era una sensación muy rara, como si fuesen espíritus hablando en el aire. Jim dijo que creía que lo eran, pero yo dije: '–No; los espíritus no dirían: «Maldita sea la maldita niebla».'”

                                                                                                Capítulo 19 (fragmento)

jueves, 10 de agosto de 2017

La pantalla de Hal


“Vivimos en un mundo de fronteras e identidades fluidas. Los lentos movimientos de migración y conquista que dieron forma a la tierra durante miles de años son ahora cien veces más rápidos, de modo que, como en una película acelerada, nada ni nadie parece permanecer mucho tiempo en el mismo sitio. Apegados a un determinado lugar por nuestro nacimiento, por lazos de sangre, por afectos aprendidos o necesidades creadas, renunciamos, o se nos obliga a renunciar, a esos apegos y adquirimos nuevas lealtades y devociones, que cambiarán a su vez, unas veces hacia atrás, otras hacia adelante, alejándonos de un centro imaginado. Estos movimientos provocan ansiedad, individual y social. Individual, porque nuestra identidad cambia con esos desplazamientos. Abandonamos nuestro hogar por fuerza o por elección, como exiliados y refugiados o como inmigrantes o viajeros, amenazados o perseguidos en nuestra patria o meramente atraídos por otros paisajes y otras civilizaciones. Social, porque si nos quedamos, el lugar que llamamos nuestra tierra cambia. La llegada de nuevas culturas, los estragos causados por la guerra o por las transformaciones industriales, las divisiones políticas o reagrupaciones étnicas, las estrategias de las multinacionales y el comercio global hacen imposible aferrarse durante mucho tiempo a una definición compartida de nacionalidad. Y si la terrible pregunta que la Oruga hace a Alicia en el País de las Maravillas siempre ha sido difícil de contestar, hoy, en nuestro universo caleidoscópico, ha llegado a ser tan problemática que casi carece de significado: '¿Quién eres tú?'. […]

       Podemos encontrar respuestas o, mejor dicho, preguntas mejor formuladas, en algunas historias como las mencionadas en estas páginas. Pero ninguna de ellas, ni siquiera la mejor o la más verdadera, puede salvarnos de nuestra propia locura. Los relatos no pueden protegernos del sufrimiento o del error, de las catástrofes naturales o artificiales o de nuestra propia codicia suicida. Lo único que puede hacer a veces, por razones imposibles de prever, es hablarnos de esa locura y esa codicia y recordarnos que debemos mantenernos alerta frente a las tecnologías cada vez más perfeccionadas. Los relatos pueden ofrecer consuelo frente al sufrimiento y palabras para dar nombre a nuestras experiencias. La ficción pueden decirnos quiénes somos y qué son esos relojes de arena a través de los cuales nos deslizamos, y puede también sugerirnos formas de imaginar un futuro que, sin exigir un final feliz, pueden ofrecernos alguna manera de permanecer vivos, juntos, en esta tierra maltratada”.


Fragmento