“El hombre no
puede producir su felicidad. No hay una mecánica de la felicidad o de la existencia.
Una actividad que de ordinario me procura felicidad ‒la lectura de tal autor,
escuchar cierta música‒ puede, en cualquier momento, enojarme prodigiosamente.
Me voy a Londres porque ahí he pasado momentos felices, pero no se producirán
espontáneamente por el solo hecho de que yo retorne, sino muy al contrario.
Raymond Aron tuvo razón al escribir que los momentos perfectos no se viven
simplemente por el hecho de haberlos solicitado. En eso consiste, precisamente,
toda la tragedia, toda la tristeza del turismo moderno: usted conseguirá la
felicidad en tal playa exótica o al contemplar aquel paisaje que le dejará sin
aliento (como si la felicidad se redujese a la fuerza de la impresión más que a
la placidez del sentimiento). Ciertamente, la felicidad no está «allí» y no
puede construirse de semejante modo. Se produce a sí misma y, si nos lleva
consigo, no podemos apuntar a ella.
Lo que puede, lo
que es y se debe poner en puntería es la felicidad de los otros. Quizás esta
tampoco puede ser «producida», pero habrá siempre un deber de solicitud ‒la
mayoría de las veces por interés, no hay por qué sonrojarse de ello‒ que nos
conduce a obrar su felicidad con la
esperanza de aligerar su existencia y ayudarla a cargar su fardo, su
sufrimiento, que siempre es peor que el nuestro. Recordar esto no es invocar un
comportamiento angelical. La pregunta más corriente en el lenguaje ‒ ¿cómo le
va?, ¿cómo les van las cosas?‒ se dirige siempre al otro. Y cuando esa pregunta
se dirige a nosotros, respondemos siempre pensando en el otro y con el objetivo
de darle seguridad. Incluso cuando las cosas no van bien, respondemos «todo va
bien» o «todo marcha». Es como cuando deseamos «salud» después de un estornudo.
Hace tiempo se profería ese deseo de salud pues se pensaba que podía tratarse
de un primer sobresalto de tuberculosis. Lo que ha quedado de esa costumbre es
el automatismo que busca reconfortar al otro: todo irá bien, yo cuidaré de
ello.
La felicidad es
siempre la de los otros, puesto que estamos efectivamente al servicio de
hacerlos menos infelices. Kant dijo con razón que si no podemos apuntar a
nuestra propia felicidad, podemos a lo sumo hacernos «dignos de ser felices» si
buscamos justamente la felicidad del otro. Esta «ética» del sentido de la vida
es una ética de la felicidad al mismo tiempo que una ética del deber, una ética
de la obligación y de la responsabilidad
(que los filósofos cometen el craso error de separar). Esta moral no tiene que
ser inventada; está presupuesta en todas partes como la condición del diálogo
interior que nosotros somos. Si yo no soy sólo el lugar donde se plantea la
pregunta por el sentido de la existencia, sino que también tengo que
responderla aquí y ahora ‒después será muy tarde‒, es que la vida tiende a
alguna sobre-vida, a algún bien. No
se puede en absoluto buscar esa felicidad para uno mismo directamente o, en
todo caso, eficazmente. Pero lo podemos hacer para otro, en la esperanza del
otro”.
Capítulo 8 (fragmento)
