martes, 26 de diciembre de 2017

El sentido del bien

         
“El hombre no puede producir su felicidad. No hay una mecánica de la felicidad o de la existencia. Una actividad que de ordinario me procura felicidad ‒la lectura de tal autor, escuchar cierta música‒ puede, en cualquier momento, enojarme prodigiosamente. Me voy a Londres porque ahí he pasado momentos felices, pero no se producirán espontáneamente por el solo hecho de que yo retorne, sino muy al contrario. Raymond Aron tuvo razón al escribir que los momentos perfectos no se viven simplemente por el hecho de haberlos solicitado. En eso consiste, precisamente, toda la tragedia, toda la tristeza del turismo moderno: usted conseguirá la felicidad en tal playa exótica o al contemplar aquel paisaje que le dejará sin aliento (como si la felicidad se redujese a la fuerza de la impresión más que a la placidez del sentimiento). Ciertamente, la felicidad no está «allí» y no puede construirse de semejante modo. Se produce a sí misma y, si nos lleva consigo, no podemos apuntar a ella.

     Lo que puede, lo que es y se debe poner en puntería es la felicidad de los otros. Quizás esta tampoco puede ser «producida», pero habrá siempre un deber de solicitud ‒la mayoría de las veces por interés, no hay por qué sonrojarse de ello‒ que nos conduce a obrar su felicidad con la esperanza de aligerar su existencia y ayudarla a cargar su fardo, su sufrimiento, que siempre es peor que el nuestro. Recordar esto no es invocar un comportamiento angelical. La pregunta más corriente en el lenguaje ‒ ¿cómo le va?, ¿cómo les van las cosas?‒ se dirige siempre al otro. Y cuando esa pregunta se dirige a nosotros, respondemos siempre pensando en el otro y con el objetivo de darle seguridad. Incluso cuando las cosas no van bien, respondemos «todo va bien» o «todo marcha». Es como cuando deseamos «salud» después de un estornudo. Hace tiempo se profería ese deseo de salud pues se pensaba que podía tratarse de un primer sobresalto de tuberculosis. Lo que ha quedado de esa costumbre es el automatismo que busca reconfortar al otro: todo irá bien, yo cuidaré de ello.

        La felicidad es siempre la de los otros, puesto que estamos efectivamente al servicio de hacerlos menos infelices. Kant dijo con razón que si no podemos apuntar a nuestra propia felicidad, podemos a lo sumo hacernos «dignos de ser felices» si buscamos justamente la felicidad del otro. Esta «ética» del sentido de la vida es una ética de la felicidad al mismo tiempo que una ética del deber, una ética de  la obligación y de la responsabilidad (que los filósofos cometen el craso error de separar). Esta moral no tiene que ser inventada; está presupuesta en todas partes como la condición del diálogo interior que nosotros somos. Si yo no soy sólo el lugar donde se plantea la pregunta por el sentido de la existencia, sino que también tengo que responderla aquí y ahora ‒después será muy tarde‒, es que la vida tiende a alguna sobre-vida, a algún bien. No se puede en absoluto buscar esa felicidad para uno mismo directamente o, en todo caso, eficazmente. Pero lo podemos hacer para otro, en la esperanza del otro”.

Capítulo 8 (fragmento)