lunes, 9 de abril de 2018

Pequeño invierno

               
              III

Tápate,
tápate las metáforas, hace
un pequeño frío de pequeño invierno,
con un pequeño radiador, pequeño
tiempo para sentirnos juntos
        menos solos
que solos habitualmente, menos sabios
para decir amor mío sin remordimientos
para creer haber sido elegidos
hace tiempo
en un Mercado Persa anunciado por profetas

sí, cubro también mis imágenes impacientes.

               X

Se vive solamente una vez,
hay que aprender a querer y a vivir
cuando no es tarde aún para creer
propicio el día venidero
menos duro
el adoquín, menos oscura la noche,
incierta la tristeza
    a veces bastan
dos páginas de un libro para creer
eterna a eternidad, eternos
      tus besos
siempre entre el recuerdo y la esperanza

nunca morirás, nunca moriré despacio
como aquellos días de veranos, lejano
parecía eternizarse el balandro
tu cuello
nunca cerrará el día con un no blanco
en el agua
    nunca te ahogarás, nunca me dirán
que algún mar haya disuelto un áncora.

De Una educación sentimental (1967)

               …
  
              (1)

Oh ciudad del terror
entre las avenidas lívidos
árboles del otoño
                               los invasores
fusilaban archivos
borrachos de memoria bárbaros
hartos de carne humillada
                                              y ofendida

el miedo era una presencia
el silencio su mortaja
las palabras escondidas en las cosas
las ideas en los ojos
                                  contemplaban
la división entre el que muere y el que mata

               (4)

Ya sé que debería creerme
lo que pienso cuando siento
o lo que siento cuando entro
en tu cuerpo entreabierto

pero temo morir de fe o de esperanza
y no constatar en el nuevo día
la desolación del tacto y la mirada

ya sé que aburro la distancia
entre tus ojos y los míos
                                     
                                          manda                              
que los cierre y piensa
que no le miro por no verte
                                                y creer en ti

               De Praga (1982)

miércoles, 28 de marzo de 2018

Aparecer y desaparecer por arte de magia



“Volvimos a pasar por la entrada de la Acrópolis. Mi viejo permaneció un largo rato contemplando la ciudad.

Señaló hacia abajo, a un monte llamado Areópago. En ese monte, el apóstol Pablo pronunció en una ocasión un gran discurso a los atenienses sobre un dios desconocido, que no habitaba en los templos levantados por los seres humanos.

Más abajo del Areópago se encontraba la vieja plaza de Atenas. Se llamaba Ágora, y bajo sus pórticos meditaron los filósofos. Pero donde antaño se habían levantado elegantes templos y otros edificios públicos sólo quedaban ruinas. Lo único que seguía en pie sobre una pequeña colina, era el viejo templo de mármol dedicado a Hefesto, dios de los herreros.

Tenemos que ir bajando, Hans Thomas dijo mi viejo. Para mí esto es, más o menos, lo que para un musulmán llegar a la Meca. La única diferencia es que mi Meca está en ruinas.

Creo que tenía miedo de llevarse una gran desilusión al ver el ágora, pero cuando entramos en la plaza, y empezamos a andar entre los bloques de mármol, enseguida dio vida a la cultura de la antigua ciudad-estado, ayudado por varios libros sobre Atenas.

No había mucha gente. En cambio arriba, en la Acrópolis, había miles de personas. A esta plaza sólo acudía algún que otro comodín.

Recuerdo que pensé que si era verdad lo que dicen algunos, sobre que los seres humanos viven varias vidas, mi viejo se habría paseado por esta plaza hacía más de dos mil años, porque cuando describía la vida en la antigua Atenas era como si lo fuera «recordando».

Vi reforzada mi sospecha cuando de repente se detuvo señalando las ruinas y dijo:

Un niño está sentado en un cajón de arena haciendo un castillo. El niño construye continuamente algo nuevo, lo mira con gran entusiasmo, y lo vuelve a aplastar. De la misma forma actúa el tiempo con el planeta. Aquí está escrita la historia del mundo, aquí están grabados, y luego borrados de nuevo, todos los acontecimientos. Aquí bulle la vida como en un hervidero. Y aquí también nos modelarán a nosotros un buen día, con el mismo material frágil que a nuestro antepasados. Aquí el viento del tiempo nos mece, aquí nos lleva puestos, aquí es nosotros, pero nos vuelve a soltar para que nos caigamos de bruces. Se nos hace aparecer y desaparecer por arte de magia. Siempre hay algo fermentado, algo esperando ocupar nuestro puesto. Porque carecemos de tierra firme bajo los pies. Ni siquiera tenemos arenas. Somos arena.

Lo que dijo me asustó tanto que retrocedí unos pasos. No sólo me asustaron sus palabras, sino también la fuerza con que las pronunció.

Continuó:

No existe ningún escondite para el tiempo. Podemos escondernos de reyes y emperadores, quizá también de Dios. Pero no podemos escondernos del tiempo. El tiempo nos ve en todas partes, porque todo lo que nos rodea está impregnado de ese inquieto elemento.

Muy serio, asentí con la cabeza, y mi viejo empezó una conferencia sobre los efectos devastadores del tiempo:

El tiempo no pasa, Hans Thomas. El tiempo no hace tictac. Nosotros somos los que nos movemos, nuestros relojes son los que hacen tictac. Tan silenciosamente como el sol sale por el este, y se pone por el oeste, el tiempo devora su camine a través de la historia. Echa por tierra grandes civilizaciones, corroe antiguos monumentos y devora generación tras generación de seres humanos. Por eso se dice eso de «diente del tiempo». Pues el tiempo mastica y mastica, y es a nosotros a quienes tiene atrapados entre sus fauces”.

Fragmento   

lunes, 19 de febrero de 2018

El fantasma inexperto


¿Qué haces aquí? dije.

Dejó caer sus manos y cesó de decir “Uhh”. Y allí se erguía, torpe y avergonzado, el fantasma de un joven débil, simple e indeciso.

Estoy de ronda dijo.

No tienes nada que hacer aquí dije en tono tranquilo.

Soy un fantasma dijo a modo de justificación.

Puede ser, pero no tienes por qué rondar por aquí. Éste es un club privado, respetable; aquí vienen con frecuencia personas con niñeras y niños, y como andas con tanto descuido, algún pobre niño te puede encontrar y asustarse horriblemente. Supongo que no has reparado en ello.

No, señor dijo.

Pues deberías haberlo hecho. ¿No tendrás alguna justificación para venir aquí, verdad? Haber sido asesinado en el club o algo parecido.

No, señor; pero pensé que como era un edificio viejo y tenía paredes de roble…

Eso es una excusa dije, mirándole fijamente. Es un error haber venido aquí continué en un tono de superioridad amistosa. Hice como que buscaba mis cerillas y luego lo miré con franqueza. Si yo fuera tú, no esperaría al canto del gallo… me desvanecería al instante.

Pareció aturdirse.

Es que, señor… comenzó.

Me desvanecería repetí, dándole a entender que regresara a su mundo.

Es que, señor, por alguna razón, no puedo.

¿Que no puedes?

No, señor. Hay algo que he olvidado. He estado vagando por aquí desde medianoche, ocultándome en los armarios de los dormitorios vacíos y en lugares parecidos. Estoy confundido. Nunca antes había salido a rondar y esta situación me desconcierta.

¿Te desconcierta?

Sí, señor. He intentado hacerlo varias veces, pero no lo he conseguido. Hay algo que se me ha ido de la memoria y no puedo volver.

Esto me impresionó profundamente. Me miraba con tanta humildad que por nada del mundo habría mantenido yo el tono tan agresivo que había adoptado.

Es extraño dije, y mientras hablaba imaginé oír a alguien que se movía por abajo. Ven a mi cuarto y cuéntame algo más sobre el asunto yo, por supuesto, no entendía nada.

Intenté cogerle del brazo, pero, evidentemente, era como intentar coger un soplo de humo. Había olvidado mi número, me parece. De cualquier forma, recuerdo haber entrado en varios dormitorios fue una suerte que yo fuera el único que se encontraba en esa ala hasta que al fin vi mis cosas.

Ya estamos dije, y me senté en el sillón. Siéntate y cuéntamelo todo. Me parece que te has metido en un buen lío, amigo.

Bueno, el fantasma dijo que no quería sentarse y que prefería ir y venir por la habitación, si yo no tenía inconveniente. Así lo hizo y en un instante nos vimos sumidos en una conversación larga y seria. En ese momento, los efluvios de los whiskies y del soda se desvanecieron y empecé a tomar conciencia del extraordinario y fantástico asunto en que estaba metido. Allí estaba, semitransparente, el fantasma convencional, silencioso excepto cuando emitía su voz fantasmal, revoloteando de aquí para allá, en aquel dormitorio viejo, limpio, agradable y tapizado de quimón. Se podía ver, a través de él, la tenue luz de las palmatorias de cobre, el resplandor de los guardafuegos de bronce y las esquinas de los grabados enmarcados en la pared; y allí estaba él, contándome su desdichada y corta vida, que acababa de concluir en la tierra. No tenía una cara especialmente honesta, pero, al ser transparente, no podía eludir decir la verdad”.

Fragmento 

jueves, 15 de febrero de 2018

Retablo de las Maravillas


“(Salen CHANFALLA y la CHIRINOS)

CHANFALLA. No se te pasen de la memoria, Chirinos, mis advertimientos, principalmente los que te he dado para este nuevo embuste […].

CHIRINOS. Chanfalla ilustre, lo que en mí fuere tenlo como de molde; que tanta memoria tengo como entendimiento, a quien se junta una voluntad de acertar a satisfacerte, que excede a las demás potencias; pero dime: ¿de qué te sirve este Rabelín que hemos tomado? Nosotros dos solos, ¿no pudiéramos salir con esta empresa?

CHANFALLA. Habíamosle menester como el pan de la boca, para tocar en los espacios que tardaren en salir las figuras del Retablo de las Maravillas.
CHIRINOS. Maravilla será si no nos apedrean por sólo el Rabelín, porque tan desventurada criaturilla no la he visto en todos los días de mi vida.

(Entra el RABELÍN.)

RABELÍN. ¿Hase de hacer algo en este pueblo, señor Autor? Que ya me muero porque vuestra merced vea que no me tomó a carga cerrada.

CHIRINOS. Cuatro cuerpos de los vuestros no harán un tercio, cuanto más una carga. Si no sois más gran músico que grande, medrados estamos.

RABELÍN. Ello dirá; que en verdad que me han escrito para entrar en una compañía de partes, por chico que soy.

CHANFALLA. Si os han de dar la parte a medida del cuerpo, casi será invisible. Chirinos, poco a poco estamos ya en el pueblo, y éstos que aquí vienen deben de ser, como lo son sin duda, el Gobernador y los Alcaldes. Salgámosles al encuentro, y date un filo a la lengua en la piedra de la adulación; pero no despuntes de aguda.

(Salen el GOBERNADOR y BENITO REPOLLO, alcalde, JUAN CASTRADO, regidor, y PEDRO CAPACHO, escribano.)

Beso a vuestras mercedes las manos. ¿Quién de vuestras mercedes es el Gobernador de este pueblo?
GOBERNADOR. Yo soy el Gobernador. ¿Qué es lo que queréis, buen hombre?

CHANFALLA. A tener yo dos onzas de entendimiento, hubiera echado de ver que esa peripatética y anchurosa presencia no podía ser de otro que del dignísimo Gobernador deste honrado pueblo, que, con venirlo a ser de las Algarrobillas, los deseche vuestra merced.

CHIRINOS. En vida de la señora y de los señoritos, si es que el señor Gobernador los tiene.

CAPACHO. No es casado el señor Gobernador.

CHIRINOS. Para cuando lo sea, que no se perderá nada.

GOBERNADOR. Y bien, ¿qué es lo que queréis, hombre honrado?

CHIRINOS. Honrados días viva vuestra merced, que así nos honra. En fin, la encina da bellotas; el pero, peras; la parra, uvas, y el honrado, honra, sin poder hacer otra cosa.

BENITO. Sentencia ciceronianca, sin quitar ni poner un punto.

CAPACHO. Ciceroniana quiso decir el señor alcalde Benito Repollo.

BENITO. Siempre quiero decir lo que es mejor, sino que las más veces no acierto. En fin, buen hombre, ¿qué queréis?

CHANFALLA. Yo, señores míos, soy Montiel, el que trae el Retablo de las Maravillas. Hanme enviado a llamar de la corte los señores cofrades de los hospitales, porque no hay autor de comedias en ella, y perecen los hospitales, y con mi ida se remediará todo.

GOBERNADOR. ¿Y qué quiere decir Retablo de las Maravillas?

CHANFALLA. Por las maravillosas cosas que en él se enseñan y muestran, viene a ser llamado Retablo de las Maravillas; el cual fabricó y compuso el sabio Tontonelo debajo de tales paralelos, rumbos, astros y estrellas, con tales puntos, caracteres y observaciones, que ninguno puede ver las cosas que en él se muestran, que tenga alguna raza de confeso, o no sea habido y procreado de sus padres de legítimo matrimonio; y el que fuere contagiado destas dos tan usadas enfermedades, despídase de ver las cosas, jamás vistas ni oídas, de mi retablo”.


Fragmento      

miércoles, 31 de enero de 2018

La ventana del Círculo


“Las tareas de Mae consistían en enseñar las bestias a los espectadores, dar explicaciones cuando era necesario y ser, a través de la lente que llevaba colgada del cuello, una ventana a aquel nuevo mundo y al mundo del Círculo en general. Todas las mañanas Mae se ponía un collar […] con la cámara a la altura del corazón. Allí era donde ofrecía una perspectiva más estable y más amplia. La cámara veía todo lo que veía Mae, y a menudo más. La señal en bruto de vídeo tenía tanta calidad que los espectadores podían hacer zooms, panorámicas, detener la imagen y mejorarla. El audio estaba meticulosamente diseñado para resaltar sus conversaciones del momento, y para grabar también los ruidos de ambiente o las voces de fondo pero en segundo plano. En esencia, eso significaba que los espectadores podían examinar cualquier sala donde ella estuviera; podían concentrarse en cualquier detalle y, con un poco de esfuerzo, aislar cualquier otra conversación para escucharla. […]

El canal principal de audio, que emitía para Mae desde Orientación Adicional, le llegaba por un auricular minúsculo, que era el que permitía al equipo de OA darle instrucciones de vez en cuando: sugerirle que se pasara por la Era de las Máquinas, por ejemplo, para enseñar a sus espectadores un nuevo vehículo no tripulado y propulsado con energía solar que podía recorrer distancias sin límite, cruzando mares y continentes enteros, siempre y cuando tuviera una exposición adecuada al sol; Mae ya había hecho aquella visita hacía unas horas. Aquello le ocupaba una buena parte de la jornada: el recorrer diversos departamentos y presentar nuevos productos, ya fueran fabricados o patrocinados por el Círculo. Le aseguraba que cada día fuera distinto, y en las seis semanas que llevaba siendo transparente había llevado a Mae prácticamente hasta el último rincón del campus, desde la Era de la Navegación hasta el Viejo Reino, donde estaban, más por divertirse que por otra cosa, trabajando en un proyecto para ponerle una cámara a todos los osos polares del mundo. […]

No se engañaba a sí misma pensando que hasta el último minuto del día les resultaba igual de chispeante a sus espectadores. En las semanas que Mae llevaba siendo transparente había habido tiempo de inactividad, y bastante, pero es que su tarea principal era ofrecer una ventana abierta a la vida del Círculo, tanto a lo sublime como a lo banal. «Estamos en el gimnasio decía por ejemplo, enseñando por primera vez a los espectadores el centro de fitness. Hay gente corriendo y sudando y buscando maneras de mirar el cuerpo a los demás sin que se note». Una hora más tarde podía estar almorzando, de manera formal y sin comentario alguno, delante de los demás circulistas, todos los cuales se comportaban como si no hubiera nadie mirando, o al menos lo intentaban. La mayoría de sus compañeros del Círculo estaban encantados de aparecer ante la cámara, y al cabo de unos días todos los circulistas ya eran conscientes de que formaba parte de su trabajo en el Círculo, y que era una parte elemental del Círculo, punto. Si querían ser una compañía que abogaba por la transparencia, y por las ventajas globales e infinitas del acceso abierto, necesitaban vivir aquel ideal, siempre y en todas partes, y sobre todo en el campus. […]

A Mae también le encantaba sentir a diario que a través de ella fluía el afecto de millones de personas.

Había tardado un poco en acostumbrarse, sin embargo, empezando por el funcionamiento básico del equipo. La cámara era ligera, y al cabo de unos días Mae ya apenas notaba su peso, que no era mayor que el de un relicario, sobre el esternón. Habían intentado varios métodos para sujetársela al pecho, hasta con velcro pegado a la ropa, pero nada resultaba igual de eficaz y sencillo que el simple hecho de colgársela al cuello. Lo segundo a lo que tuvo que acostumbrarse, que le resultaba siempre fascinante y en ocasiones desagradable, fue a ver a través de una pantalla que tenía en la muñeca derecha lo mismo que veía su cámara. Ya prácticamente se había olvidado del monitor de salud que tenía en la muñeca izquierda, pero la cámara había hecho necesario ponerle una segunda pulsera en la derecha. Era del mismo tamaño y material que la de la izquierda, pero tenía la pantalla más grande para poder emitir vídeo y la suma de todos los datos de sus pantallas normales. Con una pulsera en cada muñeca, ambas cómodas y con acabados de metal pulido, se sentía como si fuera Wonder Woman y hasta conocía algo de su poder, aunque la idea era demasiado ridícula para contársela a nadie”.


Fragmento  

jueves, 25 de enero de 2018

Si la infancia se hubiese roto


Elegía

En el punto de partida. Como dragón caído
en algún pantano entre neblina y vaho, está
nuestra tierra costera vestida de bosque de pino. Allá lejos:
dos vapores que gritan desde un sueño.

En la bruma. Este es el mundo inferior.
Bosque inmóvil, superficie de agua inmóvil,
y la mano de orquídeas que surge del pantano.
Al otro lado, más allá de esta senda,

pero flotando en el mismo espejo: el navío,
que la nube ingrávida cuelga de su espacio.
Y el agua en torno a su cayado está inmóvil,
echada en calma. ¡Y aun así, truena!

Y el humo del navío se expande horizontal
allí flamea el sol en su agarrón y el soplo
golpea duro el rostro del que aborda.
Ascender hacia babor de la Muerte.

Una ráfaga súbita y la cortina ondea.
Suena el silencio cual despertador.
Una ráfaga súbita y la cortina ondea.
Hasta que se oye, lejana, golpear una puerta

lejos, en otro año.

                            De 17 poemas (1954). (Fragmento)

                                   …

Del invierno de 1947

En los días de colegio, la sorda, hormigueante fortaleza.
En el atardecer caminaba a casa bajo los carteles.
Entonces venía el susurro sin labios: «¡Despierta, aparecido!»
Y todos los objetos apuntaban a la habitación.

Quinto piso, la habitación hacia el patio. Ardía la lámpara
en un círculo de terror, todas las noches.
Yo estaba sentado en la cama sin párpados y veía
proyecciones proyecciones con los pensamientos de los locos.

Como si hubiese sido imprescindible…
Como si la última infancia se hubiese roto
para poder atravesar la reja.
Como si hubiese sido imprescindible…

Yo leía en libros de vidrio pero veía tan solo las otras
manchas que brotaban del empapelado.
¡Eran los muertos vivos
que pedían que pintasen sus retratos!

Hasta que en el amanecer venían los basureros
y hacían bulla con los cubos de basura ahí abajo,
apacibles campanas grises del traspatio
que me arrullaban hasta hacerme dormir con su sonido.


                             De La barrera de la verdad (1978)

sábado, 30 de diciembre de 2017

Navegar bajo dos banderas


“Al descender el canal una noche, Israel recorrió la abarrotada cubierta principal del setenta y cuatro, continuamente rozado por un millar de apresurados caminantes, como si estuviese en alguna de las calles importantes de Londres, atestada de artesanos regresando de su trabajo diario, y sus emociones fueron nuevas y dolorosas. Se encontró arrojado en la naval muchedumbre sin un solo amigo; más aún, entre enemigos, puesto que los enemigos de su país eran sus enemigos, y contra los parientes y amigos de estos mismos que le rodeaban, él mismo había alzado en una ocasión la mano fatal. El marcial ajetreo de un gran buque de guerra en su primer día lejos del puerto, resultaba indescriptiblemente discordante con su actual humor. Aquellos sonidos de la multitud humana perturbando las solemnes soledades naturales del mar, le afligían misteriosamente. Murmuró contra aquella adversidad que, tras haberle condenado a largas penas en tierra, ahora le perseguía con penurias adicionales en el piélago. […]

Avanzando entre Scilly y Cape Clear, el Sin Escrúpulos, nave que, de alguna manera, aventajaba a sus consortes, se topó, poco antes del anochecer, con un cúter de largo calado bastante próximo y con signos evidentes de encontrarse en dificultades. En ese momento no había ningún otro barco a la vista.

Maldiciendo la necesidad de detenerse en una coyuntura como aquella, con un fuerte viento regular, el oficial de cubierta apocó velas y se puso al pairo, llamando al cúter para saber cuál era el problema. Al tiempo que gritaba a la pequeña embarcación desde la elevada popa del erizado setenta y cuatro, este teniente daba la impresión de encontrarse en la cima de Gibraltar, dirigiéndose a algún campesino de las tierras bajas en su cabaña. La respuesta fue que en un inesperado fallo del viento, que estuvo cerca de hacerles zozobrar, apenas hacía una hora, el cúter había perdido a sus cuatro hombres más destacados a causa de la violenta resistencia de una botavara. Necesitaba ayuda para regresar a puerto.

Podéis contar con un hombre dijo el oficial de cubierta, malhumorado.
Entonces dejad que sea uno bueno, por amor de Dios dijo la voz desde el cúter. Necesitaría, al menos, dos.

Durante esta conversación, la curiosidad de Israel le había empujado a lanzarse escaleras arriba desde la cubierta principal, y detenerse en la pasarela superior, mirando la extraña embarcación. Mientras tanto había sido dada la orden de botar un bote. Pensando que aquella era una oportunidad favorable, se situó de tal manera que pudiese ser el primero en precipitarse en él; aunque multitud de marineros ingleses, ansiosos como él mismo ante la oportunidad de escapar del servicio extranjero, se colgaban de las cadenas del aún imperfectamente disciplinado buque de guerra. Cuando los dos últimos hombres que habían sido descendidos en el bote lo engancharon, cuando estuvo a flote, desde la pasarela, Israel se dejó caer como un cometa entre las lonas de popa, avanzó torpemente y se aferró a un remo. En un instante, todos los remeros estaban en sus puestos y con unas cuantas remadas el bote atracaba al costado del cúter.

Escoja al que quiera dijo el oficial al mando, dirigiéndose al oficial del cúter y haciendo un ademán con la mano hacia la tripulación del bote, como si fuese un lote de reses muertas de las que se ofrecía la primera opción a algún cliente. Dese prisa y elija. Siéntense, señores a los marineros. Oh, veo que tienen prisa por abandonar el servicio de su Majestad, ¿no es así? ¡Valientes tipos, ciertamente! ¿Ha elegido a su hombre?

Todo esto tenía lugar mientras los diez rostros de los ansiosos remeros miraban con mucho anhelo y actitud de súplica al oficial del cúter; cada rostro vuelto en un mismo ángulo, como activados por la misma máquina. Y así era. Por un mismo motivo.

Escojo al tipo pecoso del pelo rubio, ése señalando a Israel.

Nueve de los rostros vueltos cayeron en una honda desesperación y antes de que Israel pudiera ponerse en pie sintió un violento empujón en el trasero propinado por la punta del pie de uno de los desilusionados que quedaban a sus espaldas.

¡Salta, zopenco! exclamó el oficial del bote.

Pero Israel ya estaba a bordo. Al instante siguiente el bote y el cúter se separaron. En poco tiempo, la noche cayó, y el buque de guerra y sus consortes desaparecieron de la vista.

La cargada embarcación retomó su curso hacia el puerto más cercano, maniobrada por sólo cuatro hombres: el capitán, Israel y dos oficiales. El grumete permaneció al timón. Como único hombre a cargo del trinquete, Israel tuvo que trabajar duramente. Donde sólo hay un hombre para tres amos, ¡pobre de ese esclavo solitario!”.

Fragmento

martes, 26 de diciembre de 2017

El sentido del bien

         
“El hombre no puede producir su felicidad. No hay una mecánica de la felicidad o de la existencia. Una actividad que de ordinario me procura felicidad ‒la lectura de tal autor, escuchar cierta música‒ puede, en cualquier momento, enojarme prodigiosamente. Me voy a Londres porque ahí he pasado momentos felices, pero no se producirán espontáneamente por el solo hecho de que yo retorne, sino muy al contrario. Raymond Aron tuvo razón al escribir que los momentos perfectos no se viven simplemente por el hecho de haberlos solicitado. En eso consiste, precisamente, toda la tragedia, toda la tristeza del turismo moderno: usted conseguirá la felicidad en tal playa exótica o al contemplar aquel paisaje que le dejará sin aliento (como si la felicidad se redujese a la fuerza de la impresión más que a la placidez del sentimiento). Ciertamente, la felicidad no está «allí» y no puede construirse de semejante modo. Se produce a sí misma y, si nos lleva consigo, no podemos apuntar a ella.

     Lo que puede, lo que es y se debe poner en puntería es la felicidad de los otros. Quizás esta tampoco puede ser «producida», pero habrá siempre un deber de solicitud ‒la mayoría de las veces por interés, no hay por qué sonrojarse de ello‒ que nos conduce a obrar su felicidad con la esperanza de aligerar su existencia y ayudarla a cargar su fardo, su sufrimiento, que siempre es peor que el nuestro. Recordar esto no es invocar un comportamiento angelical. La pregunta más corriente en el lenguaje ‒ ¿cómo le va?, ¿cómo les van las cosas?‒ se dirige siempre al otro. Y cuando esa pregunta se dirige a nosotros, respondemos siempre pensando en el otro y con el objetivo de darle seguridad. Incluso cuando las cosas no van bien, respondemos «todo va bien» o «todo marcha». Es como cuando deseamos «salud» después de un estornudo. Hace tiempo se profería ese deseo de salud pues se pensaba que podía tratarse de un primer sobresalto de tuberculosis. Lo que ha quedado de esa costumbre es el automatismo que busca reconfortar al otro: todo irá bien, yo cuidaré de ello.

        La felicidad es siempre la de los otros, puesto que estamos efectivamente al servicio de hacerlos menos infelices. Kant dijo con razón que si no podemos apuntar a nuestra propia felicidad, podemos a lo sumo hacernos «dignos de ser felices» si buscamos justamente la felicidad del otro. Esta «ética» del sentido de la vida es una ética de la felicidad al mismo tiempo que una ética del deber, una ética de  la obligación y de la responsabilidad (que los filósofos cometen el craso error de separar). Esta moral no tiene que ser inventada; está presupuesta en todas partes como la condición del diálogo interior que nosotros somos. Si yo no soy sólo el lugar donde se plantea la pregunta por el sentido de la existencia, sino que también tengo que responderla aquí y ahora ‒después será muy tarde‒, es que la vida tiende a alguna sobre-vida, a algún bien. No se puede en absoluto buscar esa felicidad para uno mismo directamente o, en todo caso, eficazmente. Pero lo podemos hacer para otro, en la esperanza del otro”.

Capítulo 8 (fragmento)