jueves, 3 de mayo de 2018

Prólogo del Rey de Redonda



“¿Qué ocurre con todos aquellos escritores que sólo acertaron de lleno una vez, y esa única vez les dio para pocas páginas, veinticinco, diez, cinco? Habría que preguntarse si el mismísimo Cervantes acertó de lleno más de una vez. De lo que no cabe duda es de que tuvo el aliento, la paciencia, la imaginación o la suerte de que esa segura vez (que en principio iba a ser breve) le durara años y centenares de páginas. A veces pasar a la historia de la literatura es más bien una cuestión de insistencia, variaciones y dosificación.

Lo escrito y olvidado es incomparablemente más vasto que lo escrito y recordado, y hay páginas extraordinarias que nadie conoce porque quizá están en medio de tantas más desdeñables. No basta una imagen, una metáfora, una reflexión, un pasaje magníficos; no basta una sola página, ni siquiera -así parece- un cuento, un solo cuento. Y sin embargo, ¿no es posible que muchos de los hombres que, en la expresión de Stevenson, se han dedicado a «jugar con papel» hayan tenido una idea brillante que además les haya inspirado una ejecución perfecta una sola vez y durante pocas horas?

El cuento fantástico o de horror o de fantasmas […] se trata de un género que, aunque normalmente relegado a la mera condición de tal, tiene la capacidad y la virtud de enfrentarse de manera abierta y directa con los grandes temas de la literatura: la soledad, el miedo, el amor, la venganza, la risa, la cobardía, la locura, la muerte, también la guerra, o el combate al menos. Lo que tiene en su contra, la acusación que no se le hace explícitamente pero por la que se le pasa factura y se lo rebaja, es justamente la de no ser demasiado metafórico, lo bastante indirecto, lo bastante sutil. En el fondo se le reprocha su propia y mayor virtud, la de atacar descarnadamente lo que, por otra parte, constituye la materia y esencia de la literatura, o de la más perdurable. […]

Hay muchos escritores que sólo dieron un fulgor, y por ese motivo cuantitativo han quedado olvidados. […] La mayor parte de los relatos pertenece al período llamado de entreguerras, que fue un período particularmente duro y fértil para la literatura inglesa. Durante los años veinte y treinta hubo una gran proliferación de escritores estimables o extraordinarios en el Reino Unido, aunque muchos de ellos vieron truncadas, aplazadas o desviadas sus carreras literarias. Y en esos años hubo una excelente cosecha, comparable a la de los años en que se desarrolló la novela gótica, de cuentos de ese género con varios nombres.

Esta antología pretende ofrecer una serie de relatos que, siendo casi enteramente desconocidos en la actualidad (incluso en su país de origen, incluso para los más fervorosos amantes del género), podrían, sin embargo, rivalizar con muchas de las piezas más célebres de la literatura de fantasmas o de horror o fantástica. Su única falta para no lograrlo fue quizá que eran únicos.

Sólo me queda reconocer, por último, que uno de los autores de Cuentos únicos no existió nunca y es pura invención, su nota biográfica incluida, y que el autor del relato, por tanto, jamás fue traducido, sino escrito directamente en español”.

Fragmento

En el jardín de la Capilla Expiatoria



“Desnoyers protestó con mal humor. ¿Marcharse?... París era pequeño para ellos por culpa de Margarita, que se negaba a volver al único sitio donde estarían al abrigo de toda sorpresa. En otro paseo, en un restaurante, allí donde fuesen, corrían igual riesgo de ser conocidos. Ella sólo aceptaba entrevistas en lugares públicos, y al mismo tiempo sentía miedo a la curiosidad de la gente. ¡Si Margarita quisiera ir a su estudio, de tan dulces recuerdos!...

-No; a tu casa no -repuso ella con apresuramiento-. No puedo olvidar el último día que estuve allí.

Pero Julio insistió, adivinando en su firme negativa el agrietamiento de una primera vacilación. ¿Dónde estarían mejor? Además, ¿no iban a casarse tan pronto como les fuese posible?...

-Te digo que no -repitió ella-. ¡Quién sabe si mi marido me vigila! ¡Qué complicación para mi divorcio si nos sorprenden en tu casa!

Ahora fue él quien hizo el elogio del marido, esforzándose para demostrar que esta vigilancia era incompatible con su carácter. El ingeniero había aceptado los hechos, juzgándolos irreparables, y en aquel momento sólo pensaba en rehacer su vida.

-No; mejor es separarse -continuó ella-. Mañana nos veremos. Tú buscarás otro sitio más discreto. Piensa; tú encuentras solución a todo.

Pero él deseaba la solución inmediata. Habían abandonado sus asientos, dirigiéndose lentamente hacia la rue des Mathurins. Julio hablaba con una elocuencia temblorosa y persuasiva. Mañana, no: ahora. No tenían más que llamar a un «auto» de alquiler; unos minutos de carrera, y luego el aislamiento, el misterio, la vuelta al dulce pasado, la intimidad de aquel estudio que había visto sus mejores horas. Creerían que no había transcurrido el tiempo, que estaban aún en sus primeras entrevistas.

-No -dijo ella con acento desfallecido, buscando una última resistencia-. Además, estará allí tu secretario, ese español que te acompaña. ¡Qué vergüenza encontrarme con él!...

Julio rió... ¡Argensola! ¿Podía ser un obstáculo este camarada que conocía todo su pasado? Si lo encontraban en la casa, saldría inmediatamente. Más de una vez lo había obligado a abandonar el estudio para que no estorbase. Su discreción era tal, que le hacía presentir los sucesos. De seguro que había salido, adivinando una visita próxima que no podía ser más lógica. Andaría por las calles en busca de noticias.

Calló Margarita, como si se declarase vencida al ver agotados sus pretextos. Desnoyers calló también, aceptando favorablemente su silencio. Habían salido del jardín, y ella miraba en torno con inquietud, asustada de verse en plena calle al lado de su amante y buscando un refugio. De pronto vio ante ella una portezuela roja de automóvil abierta por la mano de su compañero.

-Sube -ordenó Julio.

Y ella subió apresuradamente, con el ansia de ocultarse cuanto antes. El vehículo se puso en marcha a gran velocidad. Margarita bajó inmediatamente la cortinilla de la ventana próxima a su asiento. Pero antes que terminase la operación y pudiera volver la cabeza, sintió una boca ávida que acariciaba su nuca.

-No; aquí no -dijo con tono suplicante-. Seamos serios.

Y mientras él, rebelde a estas exhortaciones, insistía en sus apasionados avances, la voz de Margarita volvió a sonar sobre el estrépito de ferretería vieja que lanzaba el automóvil saltando sobre el pavimento.

-¿Crees realmente que no habrá guerra? ¿Crees que podremos casarnos?... Dímelo otra vez. Necesito que me tranquilices… Quiero oírlo de tu boca.

Capítulo I. Fragmento

lunes, 9 de abril de 2018

Pequeño invierno

               
              III

Tápate,
tápate las metáforas, hace
un pequeño frío de pequeño invierno,
con un pequeño radiador, pequeño
tiempo para sentirnos juntos
        menos solos
que solos habitualmente, menos sabios
para decir amor mío sin remordimientos
para creer haber sido elegidos
hace tiempo
en un Mercado Persa anunciado por profetas

sí, cubro también mis imágenes impacientes.

               X

Se vive solamente una vez,
hay que aprender a querer y a vivir
cuando no es tarde aún para creer
propicio el día venidero
menos duro
el adoquín, menos oscura la noche,
incierta la tristeza
    a veces bastan
dos páginas de un libro para creer
eterna a eternidad, eternos
      tus besos
siempre entre el recuerdo y la esperanza

nunca morirás, nunca moriré despacio
como aquellos días de veranos, lejano
parecía eternizarse el balandro
tu cuello
nunca cerrará el día con un no blanco
en el agua
    nunca te ahogarás, nunca me dirán
que algún mar haya disuelto un áncora.

De Una educación sentimental (1967)

               …
  
              (1)

Oh ciudad del terror
entre las avenidas lívidos
árboles del otoño
                               los invasores
fusilaban archivos
borrachos de memoria bárbaros
hartos de carne humillada
                                              y ofendida

el miedo era una presencia
el silencio su mortaja
las palabras escondidas en las cosas
las ideas en los ojos
                                  contemplaban
la división entre el que muere y el que mata

               (4)

Ya sé que debería creerme
lo que pienso cuando siento
o lo que siento cuando entro
en tu cuerpo entreabierto

pero temo morir de fe o de esperanza
y no constatar en el nuevo día
la desolación del tacto y la mirada

ya sé que aburro la distancia
entre tus ojos y los míos
                                     
                                          manda                              
que los cierre y piensa
que no le miro por no verte
                                                y creer en ti

               De Praga (1982)

miércoles, 28 de marzo de 2018

Aparecer y desaparecer por arte de magia



“Volvimos a pasar por la entrada de la Acrópolis. Mi viejo permaneció un largo rato contemplando la ciudad.

Señaló hacia abajo, a un monte llamado Areópago. En ese monte, el apóstol Pablo pronunció en una ocasión un gran discurso a los atenienses sobre un dios desconocido, que no habitaba en los templos levantados por los seres humanos.

Más abajo del Areópago se encontraba la vieja plaza de Atenas. Se llamaba Ágora, y bajo sus pórticos meditaron los filósofos. Pero donde antaño se habían levantado elegantes templos y otros edificios públicos sólo quedaban ruinas. Lo único que seguía en pie sobre una pequeña colina, era el viejo templo de mármol dedicado a Hefesto, dios de los herreros.

Tenemos que ir bajando, Hans Thomas dijo mi viejo. Para mí esto es, más o menos, lo que para un musulmán llegar a la Meca. La única diferencia es que mi Meca está en ruinas.

Creo que tenía miedo de llevarse una gran desilusión al ver el ágora, pero cuando entramos en la plaza, y empezamos a andar entre los bloques de mármol, enseguida dio vida a la cultura de la antigua ciudad-estado, ayudado por varios libros sobre Atenas.

No había mucha gente. En cambio arriba, en la Acrópolis, había miles de personas. A esta plaza sólo acudía algún que otro comodín.

Recuerdo que pensé que si era verdad lo que dicen algunos, sobre que los seres humanos viven varias vidas, mi viejo se habría paseado por esta plaza hacía más de dos mil años, porque cuando describía la vida en la antigua Atenas era como si lo fuera «recordando».

Vi reforzada mi sospecha cuando de repente se detuvo señalando las ruinas y dijo:

Un niño está sentado en un cajón de arena haciendo un castillo. El niño construye continuamente algo nuevo, lo mira con gran entusiasmo, y lo vuelve a aplastar. De la misma forma actúa el tiempo con el planeta. Aquí está escrita la historia del mundo, aquí están grabados, y luego borrados de nuevo, todos los acontecimientos. Aquí bulle la vida como en un hervidero. Y aquí también nos modelarán a nosotros un buen día, con el mismo material frágil que a nuestro antepasados. Aquí el viento del tiempo nos mece, aquí nos lleva puestos, aquí es nosotros, pero nos vuelve a soltar para que nos caigamos de bruces. Se nos hace aparecer y desaparecer por arte de magia. Siempre hay algo fermentado, algo esperando ocupar nuestro puesto. Porque carecemos de tierra firme bajo los pies. Ni siquiera tenemos arenas. Somos arena.

Lo que dijo me asustó tanto que retrocedí unos pasos. No sólo me asustaron sus palabras, sino también la fuerza con que las pronunció.

Continuó:

No existe ningún escondite para el tiempo. Podemos escondernos de reyes y emperadores, quizá también de Dios. Pero no podemos escondernos del tiempo. El tiempo nos ve en todas partes, porque todo lo que nos rodea está impregnado de ese inquieto elemento.

Muy serio, asentí con la cabeza, y mi viejo empezó una conferencia sobre los efectos devastadores del tiempo:

El tiempo no pasa, Hans Thomas. El tiempo no hace tictac. Nosotros somos los que nos movemos, nuestros relojes son los que hacen tictac. Tan silenciosamente como el sol sale por el este, y se pone por el oeste, el tiempo devora su camine a través de la historia. Echa por tierra grandes civilizaciones, corroe antiguos monumentos y devora generación tras generación de seres humanos. Por eso se dice eso de «diente del tiempo». Pues el tiempo mastica y mastica, y es a nosotros a quienes tiene atrapados entre sus fauces”.

Fragmento   

lunes, 19 de febrero de 2018

El fantasma inexperto


¿Qué haces aquí? dije.

Dejó caer sus manos y cesó de decir “Uhh”. Y allí se erguía, torpe y avergonzado, el fantasma de un joven débil, simple e indeciso.

Estoy de ronda dijo.

No tienes nada que hacer aquí dije en tono tranquilo.

Soy un fantasma dijo a modo de justificación.

Puede ser, pero no tienes por qué rondar por aquí. Éste es un club privado, respetable; aquí vienen con frecuencia personas con niñeras y niños, y como andas con tanto descuido, algún pobre niño te puede encontrar y asustarse horriblemente. Supongo que no has reparado en ello.

No, señor dijo.

Pues deberías haberlo hecho. ¿No tendrás alguna justificación para venir aquí, verdad? Haber sido asesinado en el club o algo parecido.

No, señor; pero pensé que como era un edificio viejo y tenía paredes de roble…

Eso es una excusa dije, mirándole fijamente. Es un error haber venido aquí continué en un tono de superioridad amistosa. Hice como que buscaba mis cerillas y luego lo miré con franqueza. Si yo fuera tú, no esperaría al canto del gallo… me desvanecería al instante.

Pareció aturdirse.

Es que, señor… comenzó.

Me desvanecería repetí, dándole a entender que regresara a su mundo.

Es que, señor, por alguna razón, no puedo.

¿Que no puedes?

No, señor. Hay algo que he olvidado. He estado vagando por aquí desde medianoche, ocultándome en los armarios de los dormitorios vacíos y en lugares parecidos. Estoy confundido. Nunca antes había salido a rondar y esta situación me desconcierta.

¿Te desconcierta?

Sí, señor. He intentado hacerlo varias veces, pero no lo he conseguido. Hay algo que se me ha ido de la memoria y no puedo volver.

Esto me impresionó profundamente. Me miraba con tanta humildad que por nada del mundo habría mantenido yo el tono tan agresivo que había adoptado.

Es extraño dije, y mientras hablaba imaginé oír a alguien que se movía por abajo. Ven a mi cuarto y cuéntame algo más sobre el asunto yo, por supuesto, no entendía nada.

Intenté cogerle del brazo, pero, evidentemente, era como intentar coger un soplo de humo. Había olvidado mi número, me parece. De cualquier forma, recuerdo haber entrado en varios dormitorios fue una suerte que yo fuera el único que se encontraba en esa ala hasta que al fin vi mis cosas.

Ya estamos dije, y me senté en el sillón. Siéntate y cuéntamelo todo. Me parece que te has metido en un buen lío, amigo.

Bueno, el fantasma dijo que no quería sentarse y que prefería ir y venir por la habitación, si yo no tenía inconveniente. Así lo hizo y en un instante nos vimos sumidos en una conversación larga y seria. En ese momento, los efluvios de los whiskies y del soda se desvanecieron y empecé a tomar conciencia del extraordinario y fantástico asunto en que estaba metido. Allí estaba, semitransparente, el fantasma convencional, silencioso excepto cuando emitía su voz fantasmal, revoloteando de aquí para allá, en aquel dormitorio viejo, limpio, agradable y tapizado de quimón. Se podía ver, a través de él, la tenue luz de las palmatorias de cobre, el resplandor de los guardafuegos de bronce y las esquinas de los grabados enmarcados en la pared; y allí estaba él, contándome su desdichada y corta vida, que acababa de concluir en la tierra. No tenía una cara especialmente honesta, pero, al ser transparente, no podía eludir decir la verdad”.

Fragmento 

jueves, 15 de febrero de 2018

Retablo de las Maravillas


“(Salen CHANFALLA y la CHIRINOS)

CHANFALLA. No se te pasen de la memoria, Chirinos, mis advertimientos, principalmente los que te he dado para este nuevo embuste […].

CHIRINOS. Chanfalla ilustre, lo que en mí fuere tenlo como de molde; que tanta memoria tengo como entendimiento, a quien se junta una voluntad de acertar a satisfacerte, que excede a las demás potencias; pero dime: ¿de qué te sirve este Rabelín que hemos tomado? Nosotros dos solos, ¿no pudiéramos salir con esta empresa?

CHANFALLA. Habíamosle menester como el pan de la boca, para tocar en los espacios que tardaren en salir las figuras del Retablo de las Maravillas.
CHIRINOS. Maravilla será si no nos apedrean por sólo el Rabelín, porque tan desventurada criaturilla no la he visto en todos los días de mi vida.

(Entra el RABELÍN.)

RABELÍN. ¿Hase de hacer algo en este pueblo, señor Autor? Que ya me muero porque vuestra merced vea que no me tomó a carga cerrada.

CHIRINOS. Cuatro cuerpos de los vuestros no harán un tercio, cuanto más una carga. Si no sois más gran músico que grande, medrados estamos.

RABELÍN. Ello dirá; que en verdad que me han escrito para entrar en una compañía de partes, por chico que soy.

CHANFALLA. Si os han de dar la parte a medida del cuerpo, casi será invisible. Chirinos, poco a poco estamos ya en el pueblo, y éstos que aquí vienen deben de ser, como lo son sin duda, el Gobernador y los Alcaldes. Salgámosles al encuentro, y date un filo a la lengua en la piedra de la adulación; pero no despuntes de aguda.

(Salen el GOBERNADOR y BENITO REPOLLO, alcalde, JUAN CASTRADO, regidor, y PEDRO CAPACHO, escribano.)

Beso a vuestras mercedes las manos. ¿Quién de vuestras mercedes es el Gobernador de este pueblo?
GOBERNADOR. Yo soy el Gobernador. ¿Qué es lo que queréis, buen hombre?

CHANFALLA. A tener yo dos onzas de entendimiento, hubiera echado de ver que esa peripatética y anchurosa presencia no podía ser de otro que del dignísimo Gobernador deste honrado pueblo, que, con venirlo a ser de las Algarrobillas, los deseche vuestra merced.

CHIRINOS. En vida de la señora y de los señoritos, si es que el señor Gobernador los tiene.

CAPACHO. No es casado el señor Gobernador.

CHIRINOS. Para cuando lo sea, que no se perderá nada.

GOBERNADOR. Y bien, ¿qué es lo que queréis, hombre honrado?

CHIRINOS. Honrados días viva vuestra merced, que así nos honra. En fin, la encina da bellotas; el pero, peras; la parra, uvas, y el honrado, honra, sin poder hacer otra cosa.

BENITO. Sentencia ciceronianca, sin quitar ni poner un punto.

CAPACHO. Ciceroniana quiso decir el señor alcalde Benito Repollo.

BENITO. Siempre quiero decir lo que es mejor, sino que las más veces no acierto. En fin, buen hombre, ¿qué queréis?

CHANFALLA. Yo, señores míos, soy Montiel, el que trae el Retablo de las Maravillas. Hanme enviado a llamar de la corte los señores cofrades de los hospitales, porque no hay autor de comedias en ella, y perecen los hospitales, y con mi ida se remediará todo.

GOBERNADOR. ¿Y qué quiere decir Retablo de las Maravillas?

CHANFALLA. Por las maravillosas cosas que en él se enseñan y muestran, viene a ser llamado Retablo de las Maravillas; el cual fabricó y compuso el sabio Tontonelo debajo de tales paralelos, rumbos, astros y estrellas, con tales puntos, caracteres y observaciones, que ninguno puede ver las cosas que en él se muestran, que tenga alguna raza de confeso, o no sea habido y procreado de sus padres de legítimo matrimonio; y el que fuere contagiado destas dos tan usadas enfermedades, despídase de ver las cosas, jamás vistas ni oídas, de mi retablo”.


Fragmento      

miércoles, 31 de enero de 2018

La ventana del Círculo


“Las tareas de Mae consistían en enseñar las bestias a los espectadores, dar explicaciones cuando era necesario y ser, a través de la lente que llevaba colgada del cuello, una ventana a aquel nuevo mundo y al mundo del Círculo en general. Todas las mañanas Mae se ponía un collar […] con la cámara a la altura del corazón. Allí era donde ofrecía una perspectiva más estable y más amplia. La cámara veía todo lo que veía Mae, y a menudo más. La señal en bruto de vídeo tenía tanta calidad que los espectadores podían hacer zooms, panorámicas, detener la imagen y mejorarla. El audio estaba meticulosamente diseñado para resaltar sus conversaciones del momento, y para grabar también los ruidos de ambiente o las voces de fondo pero en segundo plano. En esencia, eso significaba que los espectadores podían examinar cualquier sala donde ella estuviera; podían concentrarse en cualquier detalle y, con un poco de esfuerzo, aislar cualquier otra conversación para escucharla. […]

El canal principal de audio, que emitía para Mae desde Orientación Adicional, le llegaba por un auricular minúsculo, que era el que permitía al equipo de OA darle instrucciones de vez en cuando: sugerirle que se pasara por la Era de las Máquinas, por ejemplo, para enseñar a sus espectadores un nuevo vehículo no tripulado y propulsado con energía solar que podía recorrer distancias sin límite, cruzando mares y continentes enteros, siempre y cuando tuviera una exposición adecuada al sol; Mae ya había hecho aquella visita hacía unas horas. Aquello le ocupaba una buena parte de la jornada: el recorrer diversos departamentos y presentar nuevos productos, ya fueran fabricados o patrocinados por el Círculo. Le aseguraba que cada día fuera distinto, y en las seis semanas que llevaba siendo transparente había llevado a Mae prácticamente hasta el último rincón del campus, desde la Era de la Navegación hasta el Viejo Reino, donde estaban, más por divertirse que por otra cosa, trabajando en un proyecto para ponerle una cámara a todos los osos polares del mundo. […]

No se engañaba a sí misma pensando que hasta el último minuto del día les resultaba igual de chispeante a sus espectadores. En las semanas que Mae llevaba siendo transparente había habido tiempo de inactividad, y bastante, pero es que su tarea principal era ofrecer una ventana abierta a la vida del Círculo, tanto a lo sublime como a lo banal. «Estamos en el gimnasio decía por ejemplo, enseñando por primera vez a los espectadores el centro de fitness. Hay gente corriendo y sudando y buscando maneras de mirar el cuerpo a los demás sin que se note». Una hora más tarde podía estar almorzando, de manera formal y sin comentario alguno, delante de los demás circulistas, todos los cuales se comportaban como si no hubiera nadie mirando, o al menos lo intentaban. La mayoría de sus compañeros del Círculo estaban encantados de aparecer ante la cámara, y al cabo de unos días todos los circulistas ya eran conscientes de que formaba parte de su trabajo en el Círculo, y que era una parte elemental del Círculo, punto. Si querían ser una compañía que abogaba por la transparencia, y por las ventajas globales e infinitas del acceso abierto, necesitaban vivir aquel ideal, siempre y en todas partes, y sobre todo en el campus. […]

A Mae también le encantaba sentir a diario que a través de ella fluía el afecto de millones de personas.

Había tardado un poco en acostumbrarse, sin embargo, empezando por el funcionamiento básico del equipo. La cámara era ligera, y al cabo de unos días Mae ya apenas notaba su peso, que no era mayor que el de un relicario, sobre el esternón. Habían intentado varios métodos para sujetársela al pecho, hasta con velcro pegado a la ropa, pero nada resultaba igual de eficaz y sencillo que el simple hecho de colgársela al cuello. Lo segundo a lo que tuvo que acostumbrarse, que le resultaba siempre fascinante y en ocasiones desagradable, fue a ver a través de una pantalla que tenía en la muñeca derecha lo mismo que veía su cámara. Ya prácticamente se había olvidado del monitor de salud que tenía en la muñeca izquierda, pero la cámara había hecho necesario ponerle una segunda pulsera en la derecha. Era del mismo tamaño y material que la de la izquierda, pero tenía la pantalla más grande para poder emitir vídeo y la suma de todos los datos de sus pantallas normales. Con una pulsera en cada muñeca, ambas cómodas y con acabados de metal pulido, se sentía como si fuera Wonder Woman y hasta conocía algo de su poder, aunque la idea era demasiado ridícula para contársela a nadie”.


Fragmento  

jueves, 25 de enero de 2018

Si la infancia se hubiese roto


Elegía

En el punto de partida. Como dragón caído
en algún pantano entre neblina y vaho, está
nuestra tierra costera vestida de bosque de pino. Allá lejos:
dos vapores que gritan desde un sueño.

En la bruma. Este es el mundo inferior.
Bosque inmóvil, superficie de agua inmóvil,
y la mano de orquídeas que surge del pantano.
Al otro lado, más allá de esta senda,

pero flotando en el mismo espejo: el navío,
que la nube ingrávida cuelga de su espacio.
Y el agua en torno a su cayado está inmóvil,
echada en calma. ¡Y aun así, truena!

Y el humo del navío se expande horizontal
allí flamea el sol en su agarrón y el soplo
golpea duro el rostro del que aborda.
Ascender hacia babor de la Muerte.

Una ráfaga súbita y la cortina ondea.
Suena el silencio cual despertador.
Una ráfaga súbita y la cortina ondea.
Hasta que se oye, lejana, golpear una puerta

lejos, en otro año.

                            De 17 poemas (1954). (Fragmento)

                                   …

Del invierno de 1947

En los días de colegio, la sorda, hormigueante fortaleza.
En el atardecer caminaba a casa bajo los carteles.
Entonces venía el susurro sin labios: «¡Despierta, aparecido!»
Y todos los objetos apuntaban a la habitación.

Quinto piso, la habitación hacia el patio. Ardía la lámpara
en un círculo de terror, todas las noches.
Yo estaba sentado en la cama sin párpados y veía
proyecciones proyecciones con los pensamientos de los locos.

Como si hubiese sido imprescindible…
Como si la última infancia se hubiese roto
para poder atravesar la reja.
Como si hubiese sido imprescindible…

Yo leía en libros de vidrio pero veía tan solo las otras
manchas que brotaban del empapelado.
¡Eran los muertos vivos
que pedían que pintasen sus retratos!

Hasta que en el amanecer venían los basureros
y hacían bulla con los cubos de basura ahí abajo,
apacibles campanas grises del traspatio
que me arrullaban hasta hacerme dormir con su sonido.


                             De La barrera de la verdad (1978)