"Así es como va construyéndose uno el alma, como una casa que tuviera tantos ladrillos como libros leídos". José Luis Martín Descalzo
domingo, 3 de noviembre de 2019
sábado, 2 de noviembre de 2019
martes, 17 de septiembre de 2019
El detective Strike
“La fricción entre el extremo de la pierna amputada de Strike y la
prótesis se estaba volviendo más dolorosa a cada paso mientras se dirigía hacia
Kensington Gore. Sudando un poco dentro de su pesado abrigo, mientras un sol
débil hacía centellar el parque a lo lejos, Strike se preguntó si la extraña
sospecha que le tenía absorbido era algo más que una sombra que se movía en las
profundidades de un estanque turbio, una trampa de la luz, un efecto ilusorio
de la superficie agitada por el viento. ¿Esos diminutos movimientos del cieno
negro habían sido producto de una cola viscosa o no eran más que
insignificantes ráfagas de gas producidas por las algas? ¿Podía haber algo
merodeando, oculto, enterrado en el barro, y que otras redes habían rastreado
en vano?
Dirigiéndose a la
estación de metro de Kensigton, pasó por la puerta de la reina de Hyde Park,
ornamentada, oxidada y decorada con las insignias reales. Observador incurable,
se fijó en la escultura de la gama y el cervatillo que había sobre un pilar y
en el venado que había en el otro. A menudo, los humanos suponíamos la simetría
y la igualdad donde no existía ninguna de las dos cosas. Iguales pero en el
fondo diferentes… El ordenador de Lula Landry le iba golpeando cada vez con más
fuerza sobre la pierna y la cojera fue empeorando.
En su estado
dolorido, impedido y frustrado, había una previsibilidad gris en el anuncio que
le hizo Robin, cuando por fin llegó al despacho a las cinco menos diez, sobre
que aún era incapaz de traspasar a la que atendía el teléfono en la productora
de Freddie Bestigui y que no había conseguido encontrar a nadie con el apellido
Onifade con un número de teléfono de la British Telecom en la zona de Kilburn.
‒ Claro que si es tía de Rochelle, podría tener un apellido
diferente, ¿no? ‒apuntó
Robin mientras se abotonaba el abrigo y se preparaba para marcharse.
Strike mostró estar
de acuerdo con actitud de agotamiento. Se había dejado caer sobre el sofá
hundido en el momento en que atravesó la puerta de la oficina, algo que Robin
no le había visto hacer antes. Tenía el rostro comprimido.
‒ ¿Se encuentra bien?
‒ Sí. ¿Alguna noticia de Soluciones Temporales esta tarde?
‒ No ‒contestó
Robin apretándose el cinturón‒. Quizá
me creyeron cuando les dije que me llamaba Annabel. Traté de parecer
australiana.
Él sonrió. Robin
cerró el informe provisional que había estado leyendo mientras esperado a que
Strike regresara, lo colocó ordenadamente en su estante, se despidió de Strike
y lo dejó ahí sentado, con el ordenador portátil a su lado sobre los cojines
deshilachados.
Cuando dejó de oír
el sonido de los pasos de Robin, Strike extendió un brazo hacia un lado para
cerrar la llave de la puerta de cristal. A continuación, incumplió su propia
prohibición de no fumar en el despacho los días laborables. Metiéndose el
cigarro encendido entre los dientes, se levantó la pernera del pantalón y se
desató la correa que sujetaba la prótesis a su muslo. Después, se sacó el
revestimiento de gel del muñón de la pierna y examinó el extremo de su tibia
amputada.
Se suponía que
tenía que examinar la piel todos los días para ver si tenía irritación. Entonces,
vio que el tejido de la cicatriz estaba inflamado y caliente. […] Su mente
empezó a divagar, pensó en familias, en apellidos, en cómo su infancia y la de
John Bristow, tan diferentes por fuera, habían sido similares. En la historia
de la familia de Strike había personas que habían desaparecido también. Por
ejemplo, el primer marido de su madre, de quien rara vez había hablado, excepto
para decir que odió haberse casado con él desde el principio. La tía Joan, cuyo
recuerdo siempre era más nítido mientras el de Leda era más confuso, decía que
Leda, con dieciocho años, había abandonado a su marido después de dos semanas tan
solo, que su única motivación para casarse con el Strike mayor ‒quien, según la tía Joan, había
llegado a Saint Mawes con la feria‒ había
sido un vestido nuevo y un cambio de apellido. En realidad, Leda había sido más
fiel a su inusual nombre de casada que a ningún hombre. Se lo había puesto a su
hijo, que nunca había conocido a su primer poseedor, con el que no guardaba
relación, mucho tiempo antes de su nacimiento”.
Tercera parte. Capítulo 7 (fragmento).
lunes, 26 de agosto de 2019
Festina lente
“Contra el lugar común de que la Edad Media fue una edad oscura,
conviene recordar que el calificativo (inventado por Petrarca) fue interesado y
tendencioso. Parecía definir todo un milenio, cuando no hacía más que
ignorarlo, para atribuirse orígenes atenienses, milagrosamente renacidos. Hay
que distinguir. Los siglos del desplome occidental bajo los bárbaros sí fueron
oscuros; pero no tanto los de lenta integración de una nueva cultura latina, y
menos aún el llamado renacimiento carolingio del siglo IX (que fue una
recuperación del latín clásico y el arte romano, más que de los griegos); ya no
se diga los extraordinarios siglos XII y XIII, que inventaron el renacimiento
permanente : el mito del progreso, por el cual Occidente se volvió el centro de
la creatividad, el liderazgo y el poder imperial del planeta.
Contra el lugar
común de que el pensamiento moderno tira la escolástica a la basura y parte de
cero, también hay que distinguir. Una cosa es rechazar la institución
escolástica (orientada cada vez más a la formación universitaria para las
cortes y la Iglesia) y otra rechazar la creatividad del pensamiento medieval.
[…]
El Renacimiento
italiano recupera la Academia de Platón, contra la universidad. Sus
protagonistas son letrados independientes y hasta empresarios que dialogan
entre los árboles y buscan la contemplación de la verdad y la belleza, no las
graduaciones ni la carrera. El Concilio de Florencia (1438-1445), organizado
para volver a unir las Iglesias griega y latina, despertó en los florentinos el
interés por el cristianismo griego, la búsqueda de una religiosidad más amplia
y el entusiasmo por Platón (más que Aristóteles) como fundamento de una
teología laica, que integrara el eros griego y la caridad cristiana. […]
El empresario Cosme
de Médici, que maniobró para que la sede del Concilio estuviera en Florencia,
se entusiasma oyendo el griego de los teólogos bizantinos como una lengua viva,
se pone a estudiar griego y decide que ahí también renazca la Academia
platónica, para lo cual entrega a Ficino su villa de Careggi (1452). A partir
de esta fundación, de inmensa resonancia, se crean centenares de academias en
Italia y el resto de Europa. Su propósito inicial era la contemplación (sin
monasterio), como fin supremo de la vida: conversar, leer, escribir, pintar,
hacer música; una vida contemplativa que, sin embargo, tenía el sentido
práctico y hasta comercial de aprovechar las nuevas tecnologías de la imprenta.
Los humanistas del
Renacimiento fueron editores: rescataban, cuidaban, traducían y editaban a los
clásicos. Aldo Manucio, que ha pasado a la historia como notable impresor, fue
también el fundador de una academia que se daba el lujo de conversar en griego con
los sabios del imperio bizantino en Venecia. Empezaron a llegar después del
Concilio, cuando el imperio turco fue cercando al bizantino y, finalmente, tomó
Constantinopla (1463). Con los refugiados, llegaron también muchos libros en
griego de la cultura clásica, helenista y cristiana. Por segunda vez, en medio
milenio, primero por España y Sicilia, ahora por Venecia y Florencia, el
pensamiento griego transformado en teología llegaba de Oriente y estimulaba un
renacimiento.
La novedad del
Renacimiento italiano estuvo en leer directamente en griego lo que se había
leído en latín, traducido del árabe. Aún más novedoso fue leerlo y comentarlo
fuera de la universidad. Pero la novedad radical fue crear una alternativa a la
institución escolástica: la institución editorial. La imprenta, no sólo apoyó
la recuperación de la tertulia platónica, apoyó una nueva forma de vida
pública, recuperada de la democracia griega: la república de lectores. […]
Erasmo prefirió ser
autor que profesor. Dedicó gran parte de su vida a trabajos editoriales. En su
opinión, un empresario editor como Aldo Manucio estaba haciendo algo más
importante que la Biblioteca de Alejandría, cuyos lectores eran príncipes y
sabios dentro del palacio. En cambio, «Aldo está construyendo una biblioteca
abierta a todo el mundo” (Festina lente).
Manucio había lanzado comercialmente ediciones precursoras de los Penguin
Classics: buenas, bonitas y baratas. Erasmo lo celebra en su carta del 28 de
octubre de 1507: “Muchas veces he deseado que tus ediciones griegas y latinas
te diesen tantas ganancias como el lustre que tu imprenta les da. Pero, en
cuanto a la fama, estoy seguro de que, mientras haya lectores, tu nombre
quedará». […]
Los letrados
independientes crearon una especie de sociedad civil del saber, un nuevo
espacio de la vida pública por medio de la imprenta, que fue creciendo del
Renacimiento a la Reforma a la Revolución: el lector que no lee para hacer
carrera, sino por gusto, el autor sin cátedra, el saber fuera de la
universidad, la contemplación fuera del monasterio, la religiosidad laica, la
tertulia intelectual”.
Capítulo 9. De Bagdad a
Florencia (fragmento)
viernes, 5 de julio de 2019
La biblioteca del sabio Tito
“‒ En la noche, sólo vivimos aquí tú y yo y un millón de libros.
‒ ¿De
veras tienes tantos? ‒
pregunté.
‒ La
verdad es que nunca he podido contarlos. Los libros son muy escurridizos.
Buscas uno en un estante y lo encuentras en otro, o no lo encuentras durante
años y de pronto aparece frente a tu nariz. Al principio pensé que Eufrosia los
cambiaba de lugar después de sacudirlos, luego pensé que era yo quien los movía
sin darme cuenta. Soy muy distraído, eso lo nota cualquiera. Pero luego llegué
a la conclusión de que los libros se mueven solos: te buscan o te rehúyen […].
Pensarás que es una idea absurda, pero la he comprobado una y otra vez. Te voy
a poner un ejemplo, para ver si nos entendemos. Ningún científico ha podido
saber por qué desaparecen los calcetines. Das dos a lavar y de pronto sólo
regresa uno. El otro se esfuma en el aire. No se trata de un robo: ¿a quién
puede servirle un solo calcetín? Algo similar pasa con los libros. Cuando
juntas demasiados, resulta difícil que estén quietos. Los libros buscan su
acomodo. A veces piden que los leas, a veces que no los leas. […]
A continuación, el tío Tito me mostró
algunas secciones de su enorme biblioteca. Mientras recorríamos la casa, Marfil
y Obsidiana nos seguían a una discreta distancia. En cambio, Dominó se
encaramaba en los estantes y de vez en cuando tiraba un libro. Tal vez era el
culpable de que los libros cambiaran de lugar.
El tío se orientaba sin problemas en
esas habitaciones cuyo tamaño resultaba imposible de calcular. De un cuarto
pasabas a otro, y de pronto te encontrabas en un patio interior, con techo de
cristal. En las recámaras los libreros no sólo ocupaban los muros, sino que
formaban un laberinto al interior del cuarto, dificultando el paso. Desde una
pared nunca podía verse la de enfrente, por culpa de los demasiados libros.
La biblioteca había sido ordenada en
secciones, siguiendo un método bastante extraño. Un letrero con letras rojas
indicaba de qué trataban los libros reunidos en esa zona, pero los temas eran
muy caprichosos. En esa primera visita copié los siguientes en un cuaderno: Perros chichos, Quesos que apestan pero
deleitan, El tigre de bengala, Mapas del mundo antiguo, Los dientes de las
abuelas, Espadas, cuchillos y lanzas, Átomos tontos, Motores que no hacen
ruido, Jugo de naranja, Cosas que parecen ratón, Libros negros, Cómo salir del
laberinto, La mermelada no es dinero, Flores carnívoras, El pescador y su
anzuelo, Accidentes de aviación, Cohetes que no regresaron, Exploradores que
nunca se fueron, La significación del silencio, Fútbol de ataque, 1001 salsas
de espagueti, Cómo gobernar sin ser presidente.
Ésos parecían los títulos de libros
caprichosos; sin embargo, eran nombres de secciones que, de modo muy extraño,
agrupaban distintos libros. Por ejemplo, en la sección Exploradores que nunca se fueron, había setenta y dos volúmenes
relacionados con ese curioso asunto.
Mi pariente tenía libros de los temas
más diversos. Le pregunté si había comprado algunos sobre el koala.
‒
Deben estar entre los libros de osos ‒contestó‒. No sé
cuántos son. Dejé de contarlos cuando llegué al número quinientos.
‒
¿Y los has leídos todos?
‒ Claro
que no. Una biblioteca no es para leerse entera, sino para consultarse. Aquí
los libros están por si acaso. He leído toda mi vida, pero hay muchas cosas de
las que no sé nada. Lo importante no es tenerlo todo en la cabeza sino saber
dónde encontrarlo. La diferencia entre un presumido y un sabio es que el
presumido sólo aprecia lo que ya sabe y el sabio busca lo que aún no conoce”.
Capítulo 4: Libros que
cambian de lugar.
Fragmento
lunes, 1 de julio de 2019
El universo interno de las novelas
“Cuando, en mi juventud, empecé a tomarme las novelas en serio,
aprendí también a tomarme la vida en serio. Las novelas literarias nos
convencen de que debemos tomarnos la vida en serio demostrando que tenemos
poder para influir en los acontecimientos y que nuestras decisiones personales
moldean nuestras vidas. En sociedades cerradas o semicerradas, donde la
elección individual está restringida, el arte de la novela sigue
subdesarrollado. Pero cuando el arte de la novela se desarrolla en estas
sociedades invita a la gente a examinar sus vidas, y lo logra mediante la
presentación meticulosa de narraciones literarias elaboradas sobre decisiones,
sensaciones y rasgos personales del individuo. Cuando dejamos a un lado las
narraciones tradicionales y empezamos a leer novelas, sentimos que nuestro
propio mundo y nuestras elecciones pueden ser tan importantes como
acontecimientos históricos, guerras internacionales y decisiones de reyes,
bajás, ejércitos, gobiernos y dioses, y que nuestras sensaciones y pensamientos
tienen el potencial de ser mucho más interesantes que todos ellos, lo cual
resulta aún más sorprendente. En mi juventud, mientras devoraba novelas, sentía
una asombrosa sensación de libertad y confianza en mí mismo.
Este es el punto en
el que los personajes literarios entran en escena, porque leer una novela
significa mirar el mundo a través de los ojos, la mente y el alma de los
personajes de la novela. Las historias, las novelas de caballerías, las
epopeyas, los masnavis (cuentos narrados en pareados, en turco, persa, árabe o
urdu) y las largas narraciones poéticas de la época premoderna, describen de
forma típica el mundo desde el punto de vista del lector. Por lo general, en
estas narraciones el héroe se halla inmerso en el entorno de un paisaje, y
nosotros los lectores fuera de este. La novela, sin embargo, nos invita a
adentrarnos en él. Vemos el universo desde el punto de vista del héroe, a través
de sus sensaciones y, cuando es posible, a través de sus palabras. (En el caso
de la novela histórica, este tipo de representación se ve limitada debido a que
el lenguaje el personaje debe ajustarse con naturalidad al contexto del
período. La novela histórica funciona mejor cuando sus artificios y recursos de
contextualización son perceptibles.) Visto a través de los ojos de sus
personajes, el mundo de la novela nos parece más próximo y comprensible. Es
esta proximidad la que otorga al arte de la novela su poder irresistible. Sin
embargo, el foco principal no es la personalidad y la moralidad de los
personajes principales, sino la naturaleza de su mundo. La vida de los
protagonistas, su lugar en el mundo, el modo en que sienten, ven y se
relacionan con su mundo: este es el tema de la novela literaria. […]
La principal
cualidad que distingue la novela de otras narraciones largas y que la convierte
en un género muy apreciado por una amplia base de lectores es el modo en que se
lee: el acto de ver cada uno de estos pequeños puntos, estas terminaciones
nerviosas a lo largo de la línea, a través de los ojos de una de estas figuras
de la historia, y el proceso de asociar estos puntos con los sentimientos y
percepciones de los protagonistas. Tanto si los acontecimientos se narran en
primera como en tercera persona, tanto si el novelista o el narrador es consciente
o no de esta relación, el lector absorbe todos los detalles del paisaje general
al asociarlos con las emociones y los estados de ánimo de un protagonista
próximo a los hechos. Así pues, esta es la regla de oro del arte de la novela,
que deriva de la propia estructura interna de la novela: al lector debería
quedarle la impresión de que incluso la descripción de una escena sin
personajes o de un objeto que es secundario para la historia es una extensión
necesaria del mundo emotivo sensual y psicológico de los protagonistas”.
Capítulo 3. Fragmento
lunes, 10 de junio de 2019
lunes, 6 de mayo de 2019
Ícaro
“El narrador ha visto esa tarde, en una sesión del Festival
Cinematográfico de Venecia, un film japonés que revela, de un modo en
apariencia inequívoco, aunque la acción transcurra en Japón (y un episodio esté
situado en Macao), la vida de un amigo muerto unos años atrás en condiciones
extrañas en una pequeña ciudad de la costa de Montenegro. Ha caminado,
conmovido, durante varias horas, ha vuelto a su hotel, ha telefoneado a México,
ha conversado con su mujer, pero nada logra disipar la perturbación que la escena
final le produjo.
Todo tiende a asegurarle la
tranquilidad, el buen reposo. Manos competentes, ojos previsores, mentes
exclusivamente destinadas a imaginar sus exigencias y deseos y a procurar
satisfacérselos, se han esforzado en crear aquel ambiente, tan necesario en los
momentos en que una reafirmación se vuelve indispensable. El teléfono a la
mano; las cortinas de brocado espeso; la rugosa colcha de cretona con rayas de
un verde suave que combina con otro aún más suave, imperceptible casi; una
reproducción de Guardi, otra de Carpaccio. Algún broche de cromo o aluminio
inteligentemente entreverado entre los muebles oscuros. Todo en la medida
necesaria para recordarle al turista que no está solo, que no se ha derrumbado
en otra época, que el Carpaccio y el Guardi y el falso brocado que cubre los
muros son exclusivamente atmósfera, que continúa inmerso en su siglo, que una
de las puertas conduce a un baño donde brilla el azulejo, el plástico, los
metales cromados. Hacerle saber, en fin, que basta oprimir un botón para que surja
un camarero y minutos después, sobre una mesa, aparezca el whisky, el hielo y
también, si uno lo desea, un buen rizzotto de pesce,
la cassatta, el café.
Carlos hablaba con frecuencia de las
ventajas que podía proporcionar la vida en un hotel. En realidad, buena parte
de su existencia transcurrió en ellos; conocía toda la gama, desde ese tipo de
hoteles hasta las casas de huéspedes más inmundas, cuartos de alquiler de
aspecto y hedor inenarrables. ¡A saber cómo sería aquel sitio en que pasó sus
últimos días!
En la película aparecía un viejo
caserón de madera de dos plantas. En el piso de arriba se hallaban los cuartos.
Habitaciones rectangulares con seis o siete camastros. Abajo, una sala de té
donde se reunía la localidad a comentar las noticias, a jugar a las cartas, a
matar el tiempo. Llueve sin interrupción. La lluvia torrencial forma, como a
Rashomón, cortinas sólidas, grises, densas, que no solo incomunican a las
personas sino a los objetos mismos. El hotel está casi vacío. No es temporada.
En su cuarto es el único huésped. La humedad y el frío lo torturan, lo hacen
sentir permanentemente enfermo. Ha llamado varias veces a la encargada para
mostrarle las dos goteras del techo, pero la vieja se conforma con gruñir y no
tomar medida alguna. Termina por poner un recipiente de lámina bajo una y bajo
la otra una toalla; cada cierto tiempo debe levantarse para exprimir la toalla
por la ventana. Recoge las mantas de las otras camas para cubrirse. Sus días
transcurren en una neurastenia casi intermitente. Se pasa horas enteras en la
cama, acurrucado bajo la montaña de cobijas, pensando solo en el frío que le
atiere las manos. Su imagen es la de un animal enfermo, por momentos gime
suavemente: un animal que se recoge para morir. Y sabe que apenas ha empezado
el invierno, que deberá resistir esa canallada de la naturaleza durante largos
meses y que los peores aún no se presentan.
Abre un bote; mastica unas galletas untadas
con algo parecido a una pasta de pescado que humedece en un vaso. Hace
movimientos de gimnasia para tratar de entrar en calor; a veces toma su libreta
y baja a la sala de té. Los tres o cuatro campesinos que acuden al lugar apenas
hablan; el frío y la penumbra los reconcentran, los aíslan. Tiene la
preocupación de esquivar a la otra inquilina de la pensión y a su nieto; en
días pasados se había sentado a tejer a su lado para espetarle un discurso
nauseabundo sobre sus padecimientos: diarreas, resfriados, punciones, los
nervios, el hígado, la pus que no cesa, inyecciones, lavativas, baños de
azufre. Por la ventana se ve solo el manto gris de la lluvia. La cámara hace
prodigios para recrear ese mundo de oscuridad en que de golpe hay uno que otro
destello luminoso: las gotas que rebotan en la acera como balas en una
superficie metálica, el viejo desvencijado automóvil oscuro que cruza el pueblo
en medio de un derrumbe de cielos. Tras el auto, el poeta menesteroso, envuelto
en un abrigo harapiento que le llega a los pies, se abre paso a la carrera;
agita los brazos como si luchara contra la misma sustancia espesa de la vida.
En una mesa, cerca de una estufa de hierro, cuyo calor a nadie parece llegar a
beneficiar, el obeso protagonista (¡qué lejos ya del atildado joven de las
escenas de pasión de Macao!), intenta trazar, con desgana, algunos signos en su
cuaderno. Las ideas no fluyen. Escribe unas frases, las tacha; el plumón
comienza a bailar, a titubear, traza líneas, dibuja flores, perfiles de mujer,
números, vuelve a detenerse; recomienza la tarea de esbozar aquel párrafo que
con tantas dificultades parece avanzar. Arranca al fin la página, la estruja y
la tira. Pide una botella de licor y llena un vaso. En ese momento irrumpe en
el local, empapado, tembloroso, el viejo bardo.
Es evidente que el modo de manejar la
luz entraña una intención simbólica. La atmósfera psicológica, al menos, se
concentra o se distiende con su ayuda. En las primeras escenas, las de la
juventud, la claridad es radiante y va en aumento hasta la parte de Macao donde
la luminosidad se vuelve a momentos intolerable. Todo contribuye a ello, no
solo el sol siempre a plomo sobre los personajes; los trajes claros y vaporosos
de la bellísima actriz que reproduce a Paz Naranjo, los sombreros de paja de
los jóvenes, los toldos color crema de los cafés al aire libre.
—Ciega esta luz —dice en el momento de embarcarse.
Luego, la luz disminuye gradualmente
hasta desaparecer casi del todo en las últimas escenas: la aldea de pescadores
donde se ha terminado por refugiar el protagonista. El sol, las pocas veces que
aparece, es como su triste parodia. No hay sino niebla, lluvia y frío: una
grisura que cae del cielo, mancha los plafones, se filtra por las paredes. Aun
en la sala de té parece flotar una nube húmeda que rodea a los escasos
parroquianos”.
Fragmento
lunes, 11 de marzo de 2019
La voz de un Poeta
II
El albatros
La gente marinera, con crueldad salvaje,
suele cazar albatros, grandes aves marinas,
que siguen a los barcos compañeras de viaje,
blanqueando en los aires como blancas neblinas.
Pero, apenas los dejan en la lisa cubierta
‒ ¡ellos, que al aire
imponen el triunfo de su vuelo! ‒
sus grandes alas blancas, como una cosa muerta,
como dos remos rotos, arrastran por el suelo.
Y el alado viajero toda gracia ha perdido,
y, como antes hermoso, ahora es torpe y simiesco:
y uno le quema el pico con un hierro encendido
y el otro cojeando copia su andar grotesco.
El Poeta recuerda a este rey de los vientos
que desdeña las flechas y que atraviesa el mar;
en el suelo, cargado de bajos sufrimientos,
sus alas de gigantes no le dejan andar.
…
LXXVI
La campana hendida
En las noches de invierno es dulce y es doliente
escuchar, contemplando la llama que se encumbra,
los recuerdos lejanos que cantan suavemente
al tacteo del péndulo que oscila en la penumbra.
¡Bendita la campana de balance armonioso,
que, a pesar de los años, alerta y expedita,
da fielmente a los aires su grito religioso
como un viejo soldado que vela en su garita!
En cuanto a mí, mi alma está hendida y, si acaso
su voz, cruzando el aire, trata de abrirse paso,
parece el angustioso jadeo de un herido
que en un charco de sangre dejaron por olvido,
bajo un montón de muertos, con cuyo peso horrendo,
se ahoga y no se puede mover y está muriendo.
Traducción de Eduardo Marquina
miércoles, 6 de febrero de 2019
Con los ojos después del mar
“No tuve niñez por la pobreza de mis padres, y la guerra interna
del país me robó la juventud. La necesidad de la existencia despertó en mí la
responsabilidad del trabajo y aplastó en mí la temprana edad. […] Desde los
seis años de edad comencé a cargar leña, ayudando a mi padre. Tres o cuatro
ramas eran mi carga. Ese peso me hizo comprender, paso a paso, la pobreza en
que vivíamos.
Tendría yo alrededor de ocho años, me
acerqué a curiosear algunos libros del profesor de la escuela. Entre ellos
había uno que, por el color de sus tapas, atrajo mi atención: era amarillento,
con el dibujo de dos niños trazados con línea negra; el lomo de color ladrillo.
Comencé a hojearlo. Tenía muchas ilustraciones. Leí las primeras páginas y me
enamoré del libro. Sin pensarlo mucho, lo robé. Hace poco se lo confesé. Él se
rió y me dijo: «¡qué bueno que te sirvió, guardálo!»
Empaqué dos camisas y dos pantalones y
me despedí de mi madre. Viajé a la capital para trabajar con un señor a quien
mi padre le había pedido trabajo para mí. Vendí dulces y gomas de mascar en la
18 calle. Algunos días después de mi llegada, descubrí una librería. Se llamaba
La Cadena de Oro. Al final de cada tarde me iba a parar frente a la vitrina
para contemplar los libros. Hubo uno que me llamó la atención. Su portada era
la pintura de un rostro horrible. Un rostro como desmoronándose o pudriéndose. Me
preguntaba: «¿de qué tratará ese libro?» Yo suponía que a lo mejor era algo
relacionado con locos, muertos o brujas. Era extraño; me daba miedo y, a la
vez, me atraía. Tal vez trascurrieron tres o cuatro meses, hasta que finalmente
me atreví a preguntar por el precio. «Dos quetzales con cincuenta centavos», me
dijo el librero. Con mucho esfuerzo reuní el dinero y lo compré. Óscar Wilde y El retrato de Dorian Gray me llevaron
por su mundo los siguientes días. Allí también conocí libros de Dostoievski y
Stephan Zweig.
Las lecturas de esos libros […] fueron
alimentando mi inconsciente y quizá por eso una noche soñé que había escrito un
libro. Al despertar decidí hacerlo. Escribí versos en hojas de papel y las cosí
a mano. Anduve de un lado a otro con eso que yo llamaba «un libro». Hasta que
en alguna parte lo perdí y allí terminó el juego.
Para ese entonces la guerra había
abarcado gran parte del país. El trayecto de Momostenango a la capital era
terrible. Como en una pesadilla, todos éramos desconocidos. Nadie hablaba en
los buses. Uno no sabía quién estaba sentado al lado y, aunque lo supiera,
callaba. Callar significaba añadir un minuto más a su existencia.
En la capital muchas veces dormía en
el Parque Gómez Carrillo o Concordia, donde lo hacían ladrones, bolos,
prostitutas. No tenía trabajo, ni dinero para pagar un cuarto, ¡bien jodido!
Con el poco dinero que tenía compré un galón de miel y eso comía. Bebía agua
del chorro atrás del monumento a Gómez Carrillo. Hasta que entré a trabajar en
una fábrica como barrendero. Trabajé en fábricas. El trato ahí no difiere mucho
del trato que reciben los campesinos en los latifundios de las costas del país:
injusticia y explotación. Por todas partes se sentía la presencia del terror y
del odio. La guerra se prolongaba. Era 1980.
En todo ese tiempo, los libros fueron
mis amigos. Comprendí que leer es un acto de humildad. Después de leer un
libro, uno ya no es el mismo. Era difícil la vida en aquellos días. Mi rostro
se tornó áspero por la sal de las lágrimas. En el basurero del parque Concordia
hallé libros: de Bécquer, Darío, Amado Nervo.
Comencé a escribir algunos poemas en
los que sentí la necesidad de volver a mi infancia. Recupero, o mejor dicho,
intento recuperar en cada texto esa niñez que no tuve. Intento recuperar aquel
pueblo que caminé de arriba abajo haciendo mandados, o, simplemente por el
gusto de caminarlo, bajo el sol o bajo la lluvia. Intento también recuperar
esos años jóvenes que se marchitaron desgastándose en el trabajo.
Escribo en primera persona porque no
soy nadie para hablar en nombre de los demás. Y me siento profundamente
conmovido cuando mi propia gente se acerca para decirme que se siente
representada en mi modesto trabajo. Tengo claro que mi poesía no es ninguna
revolución en la literatura guatemalteca ni en el mundo. Pero también estoy
consciente de que no soy un hongo que brotó de la noche a la mañana. Hablo y
escribo sin rencor ni amargura. Lo que hago, lo hago con el corazón”.
Humberto Ak`Abal
Fragmentos del prólogo del poemario Con los ojos después del mar y de algunas entrevistas relacionadas.
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