lunes, 6 de mayo de 2019

Ícaro



“El narrador ha visto esa tarde, en una sesión del Festival Cinematográfico de Venecia, un film japonés que revela, de un modo en apariencia inequívoco, aunque la acción transcurra en Japón (y un episodio esté situado en Macao), la vida de un amigo muerto unos años atrás en condiciones extrañas en una pequeña ciudad de la costa de Montenegro. Ha caminado, conmovido, durante varias horas, ha vuelto a su hotel, ha telefoneado a México, ha conversado con su mujer, pero nada logra disipar la perturbación que la escena final le produjo.

Todo tiende a asegurarle la tranquilidad, el buen reposo. Manos competentes, ojos previsores, mentes exclusivamente destinadas a imaginar sus exigencias y deseos y a procurar satisfacérselos, se han esforzado en crear aquel ambiente, tan necesario en los momentos en que una reafirmación se vuelve indispensable. El teléfono a la mano; las cortinas de brocado espeso; la rugosa colcha de cretona con rayas de un verde suave que combina con otro aún más suave, imperceptible casi; una reproducción de Guardi, otra de Carpaccio. Algún broche de cromo o aluminio inteligentemente entreverado entre los muebles oscuros. Todo en la medida necesaria para recordarle al turista que no está solo, que no se ha derrumbado en otra época, que el Carpaccio y el Guardi y el falso brocado que cubre los muros son exclusivamente atmósfera, que continúa inmerso en su siglo, que una de las puertas conduce a un baño donde brilla el azulejo, el plástico, los metales cromados. Hacerle saber, en fin, que basta oprimir un botón para que surja un camarero y minutos después, sobre una mesa, aparezca el whisky, el hielo y también, si uno lo desea, un buen rizzotto de pesce, la cassatta, el café.

Carlos hablaba con frecuencia de las ventajas que podía proporcionar la vida en un hotel. En realidad, buena parte de su existencia transcurrió en ellos; conocía toda la gama, desde ese tipo de hoteles hasta las casas de huéspedes más inmundas, cuartos de alquiler de aspecto y hedor inenarrables. ¡A saber cómo sería aquel sitio en que pasó sus últimos días!

En la película aparecía un viejo caserón de madera de dos plantas. En el piso de arriba se hallaban los cuartos. Habitaciones rectangulares con seis o siete camastros. Abajo, una sala de té donde se reunía la localidad a comentar las noticias, a jugar a las cartas, a matar el tiempo. Llueve sin interrupción. La lluvia torrencial forma, como a Rashomón, cortinas sólidas, grises, densas, que no solo incomunican a las personas sino a los objetos mismos. El hotel está casi vacío. No es temporada. En su cuarto es el único huésped. La humedad y el frío lo torturan, lo hacen sentir permanentemente enfermo. Ha llamado varias veces a la encargada para mostrarle las dos goteras del techo, pero la vieja se conforma con gruñir y no tomar medida alguna. Termina por poner un recipiente de lámina bajo una y bajo la otra una toalla; cada cierto tiempo debe levantarse para exprimir la toalla por la ventana. Recoge las mantas de las otras camas para cubrirse. Sus días transcurren en una neurastenia casi intermitente. Se pasa horas enteras en la cama, acurrucado bajo la montaña de cobijas, pensando solo en el frío que le atiere las manos. Su imagen es la de un animal enfermo, por momentos gime suavemente: un animal que se recoge para morir. Y sabe que apenas ha empezado el invierno, que deberá resistir esa canallada de la naturaleza durante largos meses y que los peores aún no se presentan.

Abre un bote; mastica unas galletas untadas con algo parecido a una pasta de pescado que humedece en un vaso. Hace movimientos de gimnasia para tratar de entrar en calor; a veces toma su libreta y baja a la sala de té. Los tres o cuatro campesinos que acuden al lugar apenas hablan; el frío y la penumbra los reconcentran, los aíslan. Tiene la preocupación de esquivar a la otra inquilina de la pensión y a su nieto; en días pasados se había sentado a tejer a su lado para espetarle un discurso nauseabundo sobre sus padecimientos: diarreas, resfriados, punciones, los nervios, el hígado, la pus que no cesa, inyecciones, lavativas, baños de azufre. Por la ventana se ve solo el manto gris de la lluvia. La cámara hace prodigios para recrear ese mundo de oscuridad en que de golpe hay uno que otro destello luminoso: las gotas que rebotan en la acera como balas en una superficie metálica, el viejo desvencijado automóvil oscuro que cruza el pueblo en medio de un derrumbe de cielos. Tras el auto, el poeta menesteroso, envuelto en un abrigo harapiento que le llega a los pies, se abre paso a la carrera; agita los brazos como si luchara contra la misma sustancia espesa de la vida. En una mesa, cerca de una estufa de hierro, cuyo calor a nadie parece llegar a beneficiar, el obeso protagonista (¡qué lejos ya del atildado joven de las escenas de pasión de Macao!), intenta trazar, con desgana, algunos signos en su cuaderno. Las ideas no fluyen. Escribe unas frases, las tacha; el plumón comienza a bailar, a titubear, traza líneas, dibuja flores, perfiles de mujer, números, vuelve a detenerse; recomienza la tarea de esbozar aquel párrafo que con tantas dificultades parece avanzar. Arranca al fin la página, la estruja y la tira. Pide una botella de licor y llena un vaso. En ese momento irrumpe en el local, empapado, tembloroso, el viejo bardo.

Es evidente que el modo de manejar la luz entraña una intención simbólica. La atmósfera psicológica, al menos, se concentra o se distiende con su ayuda. En las primeras escenas, las de la juventud, la claridad es radiante y va en aumento hasta la parte de Macao donde la luminosidad se vuelve a momentos intolerable. Todo contribuye a ello, no solo el sol siempre a plomo sobre los personajes; los trajes claros y vaporosos de la bellísima actriz que reproduce a Paz Naranjo, los sombreros de paja de los jóvenes, los toldos color crema de los cafés al aire libre.

—Ciega esta luz —dice en el momento de embarcarse.

Luego, la luz disminuye gradualmente hasta desaparecer casi del todo en las últimas escenas: la aldea de pescadores donde se ha terminado por refugiar el protagonista. El sol, las pocas veces que aparece, es como su triste parodia. No hay sino niebla, lluvia y frío: una grisura que cae del cielo, mancha los plafones, se filtra por las paredes. Aun en la sala de té parece flotar una nube húmeda que rodea a los escasos parroquianos”.

Fragmento

lunes, 11 de marzo de 2019

La voz de un Poeta



II
El albatros

La gente marinera, con crueldad salvaje,
suele cazar albatros, grandes aves marinas,
que siguen a los barcos compañeras de viaje,
blanqueando en los aires como blancas neblinas.

Pero, apenas los dejan en la lisa cubierta
¡ellos, que al aire imponen el triunfo de su vuelo! 
sus grandes alas blancas, como una cosa muerta,
como dos remos rotos, arrastran por el suelo.

Y el alado viajero toda gracia ha perdido,
y, como antes hermoso, ahora es torpe y simiesco:
y uno le quema el pico con un hierro encendido
y el otro cojeando copia su andar grotesco.

El Poeta recuerda a este rey de los vientos
que desdeña las flechas y que atraviesa el mar;
en el suelo, cargado de bajos sufrimientos,
sus alas de gigantes no le dejan andar.


LXXVI
La campana hendida

En las noches de invierno es dulce y es doliente
escuchar, contemplando la llama que se encumbra,
los recuerdos lejanos que cantan suavemente
al tacteo del péndulo que oscila en la penumbra.

¡Bendita la campana de balance armonioso,
que, a pesar de los años, alerta y expedita,
da fielmente a los aires su grito religioso
como un viejo soldado que vela en su garita!

En cuanto a mí, mi alma está hendida y, si acaso
su voz, cruzando el aire, trata de abrirse paso,
parece el angustioso jadeo de un herido

que en un charco de sangre dejaron por olvido,
bajo un montón de muertos, con cuyo peso horrendo,
se ahoga y no se puede mover y está muriendo.

Traducción de Eduardo Marquina

miércoles, 6 de febrero de 2019

Con los ojos después del mar


“No tuve niñez por la pobreza de mis padres, y la guerra interna del país me robó la juventud. La necesidad de la existencia despertó en mí la responsabilidad del trabajo y aplastó en mí la temprana edad. […] Desde los seis años de edad comencé a cargar leña, ayudando a mi padre. Tres o cuatro ramas eran mi carga. Ese peso me hizo comprender, paso a paso, la pobreza en que vivíamos.

Tendría yo alrededor de ocho años, me acerqué a curiosear algunos libros del profesor de la escuela. Entre ellos había uno que, por el color de sus tapas, atrajo mi atención: era amarillento, con el dibujo de dos niños trazados con línea negra; el lomo de color ladrillo. Comencé a hojearlo. Tenía muchas ilustraciones. Leí las primeras páginas y me enamoré del libro. Sin pensarlo mucho, lo robé. Hace poco se lo confesé. Él se rió y me dijo: «¡qué bueno que te sirvió, guardálo!»

Empaqué dos camisas y dos pantalones y me despedí de mi madre. Viajé a la capital para trabajar con un señor a quien mi padre le había pedido trabajo para mí. Vendí dulces y gomas de mascar en la 18 calle. Algunos días después de mi llegada, descubrí una librería. Se llamaba La Cadena de Oro. Al final de cada tarde me iba a parar frente a la vitrina para contemplar los libros. Hubo uno que me llamó la atención. Su portada era la pintura de un rostro horrible. Un rostro como desmoronándose o pudriéndose. Me preguntaba: «¿de qué tratará ese libro?» Yo suponía que a lo mejor era algo relacionado con locos, muertos o brujas. Era extraño; me daba miedo y, a la vez, me atraía. Tal vez trascurrieron tres o cuatro meses, hasta que finalmente me atreví a preguntar por el precio. «Dos quetzales con cincuenta centavos», me dijo el librero. Con mucho esfuerzo reuní el dinero y lo compré. Óscar Wilde y El retrato de Dorian Gray me llevaron por su mundo los siguientes días. Allí también conocí libros de Dostoievski y Stephan Zweig.

Las lecturas de esos libros […] fueron alimentando mi inconsciente y quizá por eso una noche soñé que había escrito un libro. Al despertar decidí hacerlo. Escribí versos en hojas de papel y las cosí a mano. Anduve de un lado a otro con eso que yo llamaba «un libro». Hasta que en alguna parte lo perdí y allí terminó el juego.

Para ese entonces la guerra había abarcado gran parte del país. El trayecto de Momostenango a la capital era terrible. Como en una pesadilla, todos éramos desconocidos. Nadie hablaba en los buses. Uno no sabía quién estaba sentado al lado y, aunque lo supiera, callaba. Callar significaba añadir un minuto más a su existencia.

En la capital muchas veces dormía en el Parque Gómez Carrillo o Concordia, donde lo hacían ladrones, bolos, prostitutas. No tenía trabajo, ni dinero para pagar un cuarto, ¡bien jodido! Con el poco dinero que tenía compré un galón de miel y eso comía. Bebía agua del chorro atrás del monumento a Gómez Carrillo. Hasta que entré a trabajar en una fábrica como barrendero. Trabajé en fábricas. El trato ahí no difiere mucho del trato que reciben los campesinos en los latifundios de las costas del país: injusticia y explotación. Por todas partes se sentía la presencia del terror y del odio. La guerra se prolongaba. Era 1980.

En todo ese tiempo, los libros fueron mis amigos. Comprendí que leer es un acto de humildad. Después de leer un libro, uno ya no es el mismo. Era difícil la vida en aquellos días. Mi rostro se tornó áspero por la sal de las lágrimas. En el basurero del parque Concordia hallé libros: de Bécquer, Darío, Amado Nervo.

Comencé a escribir algunos poemas en los que sentí la necesidad de volver a mi infancia. Recupero, o mejor dicho, intento recuperar en cada texto esa niñez que no tuve. Intento recuperar aquel pueblo que caminé de arriba abajo haciendo mandados, o, simplemente por el gusto de caminarlo, bajo el sol o bajo la lluvia. Intento también recuperar esos años jóvenes que se marchitaron desgastándose en el trabajo.

Escribo en primera persona porque no soy nadie para hablar en nombre de los demás. Y me siento profundamente conmovido cuando mi propia gente se acerca para decirme que se siente representada en mi modesto trabajo. Tengo claro que mi poesía no es ninguna revolución en la literatura guatemalteca ni en el mundo. Pero también estoy consciente de que no soy un hongo que brotó de la noche a la mañana. Hablo y escribo sin rencor ni amargura. Lo que hago, lo hago con el corazón”.

Humberto Ak`Abal

Fragmentos del prólogo del poemario Con los ojos después del mar y de algunas entrevistas relacionadas.

lunes, 7 de enero de 2019

Poema de los dones



Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría

de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esa alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.


Del libro El hacedor (1960)


miércoles, 2 de enero de 2019

Embelecos humanos


I
De las obligaciones y los sacrificios

“Las obligaciones no se hacen por cumplimiento del deber, sino porque su descuido haría que el hombre no se sintiese satisfecho. Un hombre cumple sólo un deber el deber de lograr su satisfacción personal, el deber de hacerse agradable a sí mismo. Si puede realizar cumplidamente este único deber ayudando a su prójimo, lo hará; si puede cumplidamente realizarlo engañando a su prójimo, lo hará asimismo. Pero siempre busca el motivo número uno, primero; los efectos sobre los otros son un asunto secundario. Los hombres aseguran sacrificarse, pero es esta una cosa que en el sentido corriente de la palabra no existe y no ha existido nunca. Un hombre cree con frecuencia que se está sacrificando por algún otro, pero se equivoca; su impulso profundo es satisfacer un requerimiento de su naturaleza, costumbres y medio ambiente, y con ello proporcionarse paz espiritual. […]

II
La insolvencia de todo fanatismo

Desde la cuna a la tumba, en todas las horas de vigilia el ser humano está en continua experiencia de influencias. En un primerísimo puesto entre estas está la asociación. Es la proximidad de los otros hombres que le rodean, lo que influencia su mente y sus sentimientos, la que le da sus ideales, la que le sitúa en el camino a seguir y le mantiene en él. Si abandona este camino se encontrará despreciado por aquellas gentes a quienes más ama y estima y cuya opinión valoriza más. Es un camaleón; por ley de su naturaleza toma el color del lugar donde habita. Las influencias que le rodean crean sus preferencias, aversiones, política, gustos, moral y religión. No crea ninguna de estas cosas por sí mismo. Lo cree así, pero es porque no ha reflexionado sobre esta cuestión.

¿Habéis visto presbiterianos? ¿Por qué motivo han llegado a ser presbiterianos y no congregacionistas? ¿Y por qué los congregacionistas no son bautistas, y los bautistas católicos, y los católicos budistas, y los budistas cuáqueros y los cuáqueros episcopalianos, y los episcopalianos milleritas, y los milleritas hindús, y los hindús ateos, y los ateos espiritistas, y los espiritistas agnósticos, y los agnósticos metodistas, y los metodistas confucianos, y los confucianos unitarios, y los unitarios mahometanos, y los mahometanos del Ejército de Salvación, y los del Ejército de Salvación adoradores de Zoroastro y los de Zoroastro de la Ciencia Cristiana, y los de la Ciencia Cristiana mormones, y así sucesivamente? […]

Esta lista de sectas no es una relación de estudios, investigaciones y búsquedas de la verdad; principalmente (y sarcásticamente) ponen de manifiesto lo que puede hacer la asociación. Si conocéis la nacionalidad de un hombre podéis adivinar con un mínimo muy escaso de error la naturaleza de su religión. […] Y cuando conocéis la naturaleza de la religión del individuo, sabéis qué clase de libros religiosos lee cuando desea más instrucción y qué clase de libros procura no leer, para evitar el adquirir, aunque fuera casualmente, más conocimientos de los que quiere. […] Constantemente estamos oyendo hablar de gentes que andan a la búsqueda de la Verdad. Nunca he encontrado un solo ejemplar (permanente). Creo que no ha existido jamás. Pero he conocido a varios individuos, completamente sinceros, que creían ser unos (permanentes) buscadores de la Verdad. Buscaron con aplicación, persistencia y cuidado, con cautela y profundidad, con un criterio honesto y preciso, hasta que creyeron que sin duda ni vacilación alguna habían encontrado la Verdad. Este fue el fin de la investigación. Estos hombres pasaron el resto de su vida recogiendo maderas con las cuales proteger su Verdad de las inclemencias del tiempo. Si un hombre andaba buscando la Verdad en política la encontró en uno de los cien evangelios políticos que gobiernan al hombre en la tierra; si buscaba la Única Religión Verdadera, la encontró en una u otra de las tres mil que existen en el mercado. En todo caso, cuando dio con la verdad, ya no buscó más, sino que a partir de ese día con el soldador en una mano y un garrote en la otra, remendó sus grietas y discutió con sus enemigos. Ha habido innumerables investigadores temporales de la Verdad. ¿Pero habéis oído de alguno permanente? Dada la naturaleza del hombre es imposible que exista tal persona”.

Fragmento

domingo, 23 de diciembre de 2018

La espía



“La siguiente vez que vi a la Joven de las Naranjas fue en Nochebuena, […] justo en Nochebuena. Y esa vez hablé con ella de verdad. Bueno, al menos intercambiamos algunas palabras.

En aquella época compartía un pequeño piso en el barrio de Adamstuen con un compañero de la facultad llamado Gunnar. Pero iba a pasar la Nochebuena en mi casa de Humleveien con mi familia, compuesta sólo por mis padres y mi hermano, es decir, tu tío Einar, cuatro años menor que yo. Aquel invierno él estudiaba el último curso de la enseñanza obligatoria. […]

Casi había perdido la esperanza de volver a ver a las Joven de las Naranjas […]. De repente decidí asistir a la misa de Navidad […]. Seguía tan embaucado por la misteriosa joven que me imaginaba que tal vez fuera a misa antes de ir a cenar con la gente con la que celebraría la Navidad. (¿Quiénes serían?) Llegué a la conclusión de que lo más probable era que la vería en la catedral, o lo menos improbable, para ser más preciso. […]

El cuento de la Joven de las Naranjas es como la historia de una lotería gigantesca en la que sólo son visibles los boletos premiados. Piensa en todos los boletos de la Loto que se rellenan en el transcurso de una semana. Intenta imaginártelos en una enorme habitación, tal vez necesites un gimnasio entero. Y entonces, por un espectacular truco de magia, todos los boletos que no tienen un premio de más de un millón de coronas desaparecen sin más. Después de eso no quedarán muchas boletas en el gimnasio. ¡Y sin embargo en los periódicos sólo leemos sobre ellos!

Estamos tras la huella de la Joven de las Naranjas, nos hemos enganchado a ella, pues de ella, y solamente de ella trata esta historia. Por lo tanto, podemos olvidarnos de todo lo demás por ahora. Borramos a todos los demás seres humanos de la ciudad. Metemos a todas las demás mujeres entre paréntesis. Así de sencillo.

No la veo hasta que me encuentro dentro de la iglesia, la descubro de repente mientras el organista está tocando un preludio de Bach. Siento escalofríos, sudo. La Joven de las Naranjas está sentada al otro lado del pasillo central, no puede tratarse de otra, y en una ocasión durante la misa se vuelve para mirar hacia arriba al coro, que canta una de las canciones de Navidad. […] Viste un abrigo negro y lleva el pelo recogido en la nuca con un gran pasador que parece de plata, pues sí, es de plata pura, como la del cuento, tal vez la haya labrado uno de los siete enanitos que salvaron la vida a Blancanieves. […]

No oigo lo que dice el pastor, pero supongo que habla de María, José y el Niño Jesús, faltaría más. Se dirige a los niños, eso me gusta, la Nochebuena pertenece a los niños. Lo único que hago es esperar a que acabe la misa. Concluye la música, la congregación se levanta de los bancos, y debo procurar a toda costa que la Joven de las Naranjas salga de la iglesia antes que yo. Pasa por delante de mi banco y hace un gesto con la cabeza, aunque no sé si se fija en mí. Pero está sola, y es aún más hermosa de lo que la recordaba. Es como si todo el resplandor navideño se hubiera concentrado en una sola mujer.

¡Ah! Sólo yo sé que esta chica es una auténtica Joven de las Naranjas, que además está repleta de tentadores secretos. Sé que procede de un cuento muy diferente, con reglas muy distintas a las que rigen aquí. Sé que es una espía en nuestra realidad. […] Esto es una locura, me digo, hasta ahí llego a pensar con sensatez. Pero es Nochebuena. Aunque el tiempo de los milagros ya pasó, nos queda al menos un día mágico, un día en el que todo puede suceder. Todo. Noche de paz. Noche de amor, y la Joven de las Naranjas revolotea por las calles de Oslo como si nada. […] La adelanto un paso, me vuelvo y digo alegremente: «¡Feliz Navidad!» Es obvio que se sobresalta, o hace como si se sobresaltara, eso nunca puede saberse. Esboza una vaga sonrisa. No tiene aspecto de espía. Tiene aspecto de una chica por la que yo daría cualquier cosa por conocer mejor. Contesta: «¡Feliz Navidad!»”.

Fragmento

domingo, 9 de diciembre de 2018

Un novelista es una araña



“Esta novela es la primera que escribí, casi puedo decir lo primero que escribí, si se exceptúan unos pocos cuentos. ¿Qué impresión me hace retomarla hoy? ¿Qué efecto me hace releerla ahora? […] La desazón que durante tanto tiempo me ha causado este libro en parte se ha atenuado, en parte continúa: es la relación con algo mucho más grande que yo, con emociones que han implicado a todos mis contemporáneos, y tragedias, y heroísmos, e impulsos generosos y geniales, y oscuros dramas de conciencia. La Resistencia: ¿cómo entra este libro en la literatura de la Resistencia? […] A mí esta responsabilidad terminaba por hacerme sentir que el tema era demasiado comprometido y solemne para mis fuerzas. Y entonces, justamente para no dejarme intimidar por el tema, decidí abordarlo no de frente sino en escorzo. Todo debía ser visto por los ojos de un niño, en un ambiente de pilluelos y vagabundos. Inventé una historia que se mantuviera al margen de la guerra partisana, de sus heroísmos y sus sacrificios, pero que al mismo tiempo transmitiera su color, su áspero sabor, su ritmo…

Quien comenzaba entonces a escribir se encontraba tratando la misma materia que el narrador oral anónimo: a las historias que habíamos vivido personalmente o de las que habíamos sido espectadores, se añadían las que nos habían llegado ya como relatos, con una voz, una cadencia, una expresión mímica. Durante la guerra partisana las historias se transformaban apenas vividas y se transfiguraban en historias contadas por las noches en torno al fuego, iban adquiriendo un estilo, un lenguaje, un humor como de bravata, una búsqueda de efectos angustiosos o truculentos. Algunos de mis cuentos, algunas páginas de esta novela, tienen en su origen esa tradición oral recién nacida en los hechos, en el lenguaje. […]

Tenía un paisaje. Pero para poder representarlo era preciso que se volviera secundario con respecto a otra cosa: a gentes, a historias. La Resistencia representó la fusión entre paisaje y gentes. La novela que de otra manera no habría conseguido escribir jamás, aquí está. El escenario cotidiano de toda mi vida se había vuelto enteramente extraordinario y novelesco: una sola historia se desovillaba desde los oscuros soportales de la Ciudad Vieja hasta los bosques, en lo alto; era un perseguirse y esconderse de hombres armados; incluso lograba representar las villas, ahora que las había visto requisadas y transformadas en cuerpos de guardia y prisiones; también los campos de claveles, desde que se habían convertido en descampados, peligrosos de atravesar, evocadores de ráfagas de metralleta desgranándose en el aire. […]

Puedo definirlo como un ejemplo de literatura comprometida, en el sentido más rico y pleno de la palabra. Hoy, en general, cuando se habla de literatura comprometida uno se hace una idea equivocada, como de una literatura que sirve para ilustrar una tesis ya definida a priori, independientemente de la expresión poética. En cambio, lo que se llamaba el compromiso, puede irrumpir en todos los niveles; aquí quiere ser ante todo imágenes y palabra, empuje, tono, estilo, arrogancia, desafío.

Las lecturas y la experiencia de la vida no son dos universos sino uno. Para ser interpretada, cada experiencia de la vida pide auxilio a ciertas lecturas y se funde con ellas. Que los libros nacen siempre de otros libros es una verdad en contradicción sólo aparente con la otra: que los libros nacen de la vida práctica y de las relaciones entre los hombres. […]

Miro pues hacia atrás, miro la estación que se me presentó atestada de imágenes y de significados: la guerra partisana, los meses que contaron como años y de los cuales uno tendría que poder obtener durante toda la vida rostros y advertencias y paisajes y pensamientos y episodios y palabras y conmociones: todo es lejano y brumoso, y las páginas escritas ya polemizan con una memoria que era todavía un hecho presente, macizo, que parecía estable, dado de una vez por todas: la experiencia… y no me sirven, necesitaría todo lo demás, exactamente lo que no está”.

Fragmento de una nota preliminar escrita
por el autor en 1964, diecisiete años después
de la primera publicación de la obra.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Mr. Tambourine Man




"Hey! Mr. Tambourine man, play a song for me
I'm not sleepy and there is no place I'm going to
Hey! Mr. Tambourine man, play a song for me
In the jingle jangle morning I'll come following you.

Though I know that evening's empire has returned into sand
vanished from my hand
left me blindly here to stand but still not sleeping.
My weariness amazes me, I'm branded on my feet
I have no one to meet
and the ancient empty street's too dead for dreaming.

Hey! Mr. Tambourine man, play a song for me
I'm not sleepy and there is no place I'm going to
Hey! Mr. Tambourine man, play a song for me
In the jingle jangle morning I'll come following you.

Take me on a trip upon your magic swirling ship.
My senses have been stripped
my hands can't feel to grip
my toes too numb to step
wait only for my boot heels to be wandering.
I'm ready to go anywhere, I'm ready for to fade
into my own parade
cast your dancing spell my way, I promise to go under it.

Hey! Mr. Tambourine man, play a song for me
I'm not sleepy and there is no place I'm going to
Hey! Mr. Tambourine man, play a song for me
In the jingle jangle morning I'll come following you.

Though you might hear laughing, spinning, swinging madly across the sun
it's not aimed at anyone
it's just escaping on the run
and but for the sky there are no fences facing
and if you hear vague traces of skipping reels of rhyme
to your tambourine in time
it's just a ragged clown behind
I wouldn't pay it any mind
it's just a shadow you're seeing that he's chasing.

Hey! Mr. Tambourine man, play a song for me
I'm not sleepy and there is no place I'm going to
Hey! Mr. Tambourine man, play a song for me
In the jingle jangle morning I'll come following you.

Then take me disappearing through the smoke rings of my mind
down the foggy ruins of time
far past the frozen leaves
the haunted frightened trees
out to the windy beach
far from the twisted reach of crazy sorrow.
Yes, to dance beneath the diamond sky
with one hand waving free
silhouetted by the sea
circled by the circus sands
with all memory and fate
driven deep beneath the waves
let me forget about today until tomorrow.

Hey! Mr. Tambourine man, play a song for me
I'm not sleepy and there is no place I'm going to
Hey! Mr. Tambourine man, play a song for me
In the jingle jangle morning I'll come following you".

jueves, 8 de noviembre de 2018

Disfraz de inmortalidad


“Vivió aún durante algunos años en un círculo muy reducido o, mejor dicho, en la sola compañía de una anciana y piadosa dama, que residía con él en la misma casa y se mantenía con unas escasas rentas. […] Por un motivo nimio volvió a recaer en una grave enfermedad y el médico le anunció la muerte. Escuchó su sentencia sin aversión, tan sólo deseaba volver a ver a su linda amiga. Envió a su casa a su sirviente, el cual antaño, en tiempos más felices, le había traído más de una respuesta favorable. Él le rogó, ella lo rechazó. Lo envió por segunda vez para suplicarle; ella insistió en su determinación. Finalmente, era ya entrada la noche, lo envió por tercera vez; ella se conmovió y me confió su apuro, pues precisamente yo había ido ahí a cenar con el marqués y algunos otros amigos. La aconsejé y le rogué que le mostrara al amigo el último servicio de amor; ella pareció indecisa, pero tras algunas reflexiones se recobró. Envió al sirviente con una respuesta negativa y este no regresó.

        Tras la cena estábamos sentados conversando confidencialmente y todos estábamos alegres y de buen humor. Era cosa de medianoche cuando de repente se dejó oír una voz lastimera, apremiante, angustiosa y prolongada. Nos asustamos, nos miramos unos a otros y a nuestro alrededor, preguntándonos qué era lo que nos iba a deparar aquel lance. La voz parecía resonar en las paredes, como si saliese del centro de la habitación. El marqués se puso en pie y de un salto se dirigió a la ventana, y los demás nos encargamos de la bella dama que yacía allí desmayada. Poco a poco fue volviendo en sí. El celoso y rudo italiano, apenas vio que volvía a abrir los ojos, le hizo amargos reproches:

       ‒ Si conviene usted señales con sus amigos dijo, procure que sean menos llamativas y menos pesadas.

        Ella le respondió con su habitual presencia de ánimo que, puesto que tenía derecho a ver en su casa a cualquiera en cualquier momento, difícilmente elegiría tonos tan tristes y espantosos como preparación de agradables horas.

        Y, ciertamente, el tono tenía algo increíblemente pavoroso. Todos teníamos en el cuerpo, sí, en todos los miembros, sus inflexiones largas y retumbantes. La joven dama estaba pálida, descompuesta y próxima a desmayarse; por eso tuvimos que quedarnos con ella la mitad de la noche. No volvió a oírse nada. A la noche siguiente el mismo grupo, no tan alegre como días anteriores, pero casi lo suficiente y… a la misma hora, el mismo sonido poderoso y terrible.

       Entretanto nosotros habíamos hecho infinitas conjeturas y agotado nuestras sospechas, acerca de la naturaleza del grito y su procedencia. ¿Qué más puedo decir? Tantas veces como ella comía en casa, se dejaba oír a la misma hora y, por cierto, tal como podía observarse, a veces más fuerte, a veces más débil. […] Pero tampoco fuera de casa estaba completamente a resguardo de aquel malvado acompañante. Sus atractivos le habían abierto las puertas de las casas más importantes. Era bien recibida en todas partes por ser una buena conversadora y, para eludir al malvado huésped, se había acostumbrado a pasar las noches fuera de casa.

       Un hombre, respetable por su edad y su posición, la llevó una noche a casa en su coche. Cuando se despide de ella delante de su puerta, el sonido se deja oír entre los dos, y se llevan en su coche a ese hombre, que conocía la historia tan bien como otros miles, más muerto que vivo.

        En otra ocasión, un joven tenor, que no parecía desagradarle, cruza con ella la ciudad de noche para ir a visitar a una amiga. Él había oído hablar de esos extraños fenómenos y dudaba, como joven valiente, de un prodigio tal. Hablaron del asunto.

       ‒ Yo también desearía dijo oír la voz de su acompañante invisible; ¡invóquelo, somos dos y no tenemos nada que temer!

        No sé qué le indujo a ello, si aturdimiento u osadía: en definitiva, llama al espíritu y al momento surge en medio del coche el estridente sonido, con toda su fuerza se deja oír rápidamente tres veces seguidas y desaparece con un lastimero eco. Ante la casa de su amiga hallaron a ambos desmayados en el coche, con mucho esfuerzo se logró hacerles volver en sí y se escuchó lo que les había acontecido”.

Fragmento

lunes, 5 de noviembre de 2018

Rusia Clásica



“A comienzos del siglo XIX todo hombre libre es poeta en Rusia. En los liceos, las universidades, las academias militares no hay un joven que no versifique. Nadie que se precie de ser alguien puede dejar de pertenecer a un club literario. En un clima de saturación cultural, incertidumbre y exasperaciones comienza a surgir la verdadera gran literatura. Hay un nombre fundamental en ese período, el de Alexander Griboyedov, personaje notable, uno de los más lúcidos representantes del pensamiento ilustrado en los círculos de Moscú y Petersburgo, autor de una obra única, La tragedia de tener talento, pieza dramática destinada a ejercer una amplia influencia en todo el país. Su protagonista, el joven Chatski, ha tenido hasta el día de hoy una amplia legión de seguidores. Chatski es un impugnador de las costumbres de su tiempo, del atraso político, de la inmoralidad reinante, más que nada de la falsedad y la mentira. Los círculos dominantes de la sociedad lo califican de demente. Asqueado de su mundo, Chatski prefiere marginarse y vivir como un misántropo. La comedia de Griboyedov no pudo publicarse ni representarse en vida del autor. Sin embargo, todos los jóvenes de su época la conocían de memoria; algunos, Lermontov, por ejemplo, parecían adecuar su conducta personal a la del personaje central. […]

          En los ochenta años que comprende el período clásico de la novela rusa se creó y desarrolló uno de los más portentosos movimientos narrativos de la literatura universal. En las condiciones menos propicias surgió la novela, alcanzó su plenitud y logró ampliar los límites del género. La novela rusa no se conformó con ser obra de ficción; fue a la vez ensayo político, indagación moral, interpretación de la historia, tratado filosófico. […]

          «El alma sufre, el alma está enferma, el alma se recupera». Según Virginia Woolf son las pulsaciones del alma lo que nos interesa en la novela rusa, no el destino de sus personajes. El alma es el protagonista verdadero. ¡Y qué cantidad de alma se encuentra allí en estado puro! Cualquier novela, abierta al azar, nos entregará pasajes preciosos de ese temblor espiritual. Me basta citar un pasaje de Los hermanos Karamazov, de Dostoievski. Dimitri Karamazov despierta en el juzgado durante uno de los descansos del juicio que se le sigue, acusado de haber asesinado a su padre:

          «‒ ¿Qué? ¿Dónde? exclamó, abriendo los ojos, sentándose en el arca, como si volviera de un desmayo, sonriendo brillantemente. Nikolai Parfenovich estaba de pie, a su lado, y le decía que escuchara la lectura en voz alta del acta, y que la firmara luego. Dimitri supuso que se había quedado durante más de una hora dormido, pero no oyó bien lo que le decía Nikolai Parfenovich. De pronto, le sorprendió descubrir el hecho de que tenía una almohada bajo la cabeza, que no se encontraba ahí cuando se había acostado, extenuado, sobre el arca.

          ¿Quién puso esta almohada bajo mi cabeza? ¿Quién fue tan bondadoso? exclamó, con una especie de arrebatada gratitud, y lágrimas en la voz, como si se le hubiese hecho una tremenda bondad.

      Nunca supo quién había sido el hombre bondadoso, quizás uno de los campesinos que fungían como testigos, o el pequeño secretario de Nikolai Parfenovich compasivamente había pensado en poner una almohada debajo de su cabeza, pero toda su alma se estremecía en lágrimas. Se acercó a la mesa y dijo que firmaría todo lo que quisieran.

          He tenido un hermoso sueño, caballeros dijo con voz extraña, con una nueva luz, como de alegría, en su rostro».

         «Por un momento», apunta E. M. Forster al referirse a ese fragmento, «sentimos que el universo entero necesita piedad y amor. Los personajes representan algo más que ellos mismos». Tal vez eso hace de la novela rusa del período clásico un fenómeno diferente a la del resto del mundo”.

La casa de la tribu (fragmento)



sábado, 15 de septiembre de 2018

Milonga del moro judío


"Por cada muro un lamento
en Jerusalén la dorada
y mil vidas malgastadas
por cada mandamiento,
yo soy polvo de tu viento
y aunque sangro de tu herida
y cada piedra querida
guarda mi amor más profundo
no hay una piedra en el mundo
que valga lo que una vida.

Yo soy un moro judío
que vive con los cristianos
no sé qué dios es el mío
ni cuáles son mis hermanos.

No hay muerto que no me duela
no hay un bando ganador
no hay nada más que dolor
y otra vida que se vuela.
La guerra es muy mala escuela
no importa el disfraz que viste
perdonen que no me aliste
bajo ninguna bandera,
vale más cualquier quimera
que un trozo de tela triste.

Yo soy un moro judío
que vive con los cristianos
no sé qué dios es el mío
ni cuáles son mis hermanos.

Y a nadie le di permiso
para matar en mi nombre,
un hombre no es más que un hombre
y si hay dios, así lo quiso.
El mismo suelo que piso
seguirá, yo me habré ido
rumbo también del olvido
no hay doctrina que no vaya
y no hay pueblo que no se haya
creído el pueblo elegido".